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La clave

El productor Harvey Weinstein, tras testificar el pasado viernes en Nueva York.

KENA BETANCUR

La revolución y la estupidez

Luis Mauri

¿El código antiacoso de Netflix por el que sus empleados no pueden mantener la mirada más de cinco segundos sobre sus colegas es una estupidez o una regresión a la moral de las tinieblas? ¿O ambas cosas a la vez?

Aquí asoma de nuevo la estupidez. El más pernicioso de los atributos humanos. Peor que la peor de las lacras, más nocivo  que el más infame de los vicios.

Resulta desalentador verse empujado a citar en esta columna dos veces en solo siete meses la teoría de la estupidez humana de Carlo Cipolla. La conjetura del ácido profesor lombardo se sostiene sobre cinco leyes que se pueden resumir en la quinta y última de ellas: el estúpido es el ser más peligroso con el que te puedes topar, más que el ruin, el malvado o el pendenciero. La estupidez tiende indefectiblemente a la universalización del mal.

Hay una revolución en marcha en Occidente que está transformando de raíz la sociedad desde hace un siglo. La revolución feminista es una onda expansiva de largo recorrido que en esta segunda década del XXI está experimentando una aceleración imparable, resplandeciente. En el siglo XX, las mujeres conquistaron un lugar propio en el espacio público: voto, divorcio, estudios superiores, trabajo, representación política, liberación sexual, control de la maternidad, teorización del feminismo… El siglo XXI será, es, el de la batalla definitiva por la igualdad en ese espacio.

La mirada del baboso

Tras los casos de acoso sexual de Weinstein Spacey y la réplica del #MetooNetflix ha impuesto un código de conducta en sus rodajes. Ha prohibido a sus empleados abrazar, coquetear o pedir el número de teléfono a sus colegas. También mantener miradas de más de cinco segundos. Los sets de rodaje de Netflix se deben de haber poblado de cronometradores. Los babosos pueden mirar fijamente las tetas de las actrices o el paquete de los actores durante solo cuatro segundos y nueve décimas, ni una más. Cambio de foco y cuatro segundos y nueve décimas más. Y se acabó el problema. ¿Estupidez? ¿Regresión a la moral de las tinieblas? ¿Ambas cosas a la vez?

En las postrimerías de la segunda década, no es descabellado pronosticar que la conquista de la igualdad será uno de los frutos que el siglo XXI brindará a la humanidad. A menos que la estupidez interfiera más de la cuenta y distraiga el proceso revolucionario.

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