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Dos miradas

La indiferencia

La indiferencia

Josep Maria Fonalleras

Es probable que el empleado del fondo buitre que apretó el botón del suicidio de Cornellà ni siquiera sepa que el suicidio ha existido

David Fernàndez recordaba hace unos días un texto de Bertolt Brecht: "Hay muchas maneras de matar. Pueden hundirte un cuchillo en el vientre. Negarte el pan. No curarte cuando estás enfermo. Meterte en una vivienda penosa. Empujarte al suicidio. Solo algunas de estas cosas están prohibidas en este Estado". Lo decía tras conocer el suicidio del hombre de Cornellà, la bajada a los infiernos que se convirtió en un descenso literal hacia la muerte, empujado por la más cruel de las indiferencias: la presión del desahucio sin entrañas, la pura burocracia de un fondo buitre que no sabe distinguir la singularidad de un caso, sino que se basa en la efectividad de la ley y de las fuerzas que la hacen cumplir. Un trámite.

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Nadie se sentirá empujado a la desazón, a la desesperanza o el arrepentimiento, porque el hombre que se suicidó, en Cornellà, no fue empujado a la muerte violenta por la voluntad de una persona, por una acción individual y mezquina, sino por la acumulación de papeles y de informes en un ordenador, por la tecla que alguien apretó en un movimiento rutinario, en horario de oficina, sin tener conciencia (o sin querer tenerla) que tras la orden de desahucio había una escena que evolucionaba lentamente, inexorablemente, hacia la tragedia.

Nadie dice que trabaja en un fondo buitre. Y es probable que aquel que apretó el botón del suicidio ni siquiera sepa que el suicidio ha existido. El Estado no prohíbe la indiferencia.

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