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Si me pongo a evocar Mundiales, lo que permanece en mi memoria son los equipos que nunca consiguieron ser campeones

Muchos años después, ante el televisor, viendo a Messi contra Islandia, aun no puedo recordar por qué en el Mundial del 66 éramos de Portugal. No lo recuerdo porque, de hecho, nunca lo supe. Lo normal hubiera sido que en casa fuéramos ingleses, porque mi padre era profesor de lengua inglesa y porque siempre nos cantaba canciones como 'It’s a long way to Tipperary', pero, por algún motivo en esa semifinal íbamos con Portugal, quizá porque jugaba Eusebio.

O puede que se debiera a un reciente viaje de mi padre, que también era guía turístico. Nos trajo uno de esos gallos multicolores de cerámica, tan portugueses, y lo pusimos en un mueble del comedor donde guardábamos las copas y la vajilla de los días de fiesta. El comedor era muy pequeño, como toda la casa, una lengua de no más de 15 metros que se extendía desde la ventana que daba al río hasta el balcón de la rambla. Y la tele, en blanco y negro, una Phillips que no conoció nunca la obsolescencia, estaba muy cerca –todo estaba muy cerca–  del mueble y, por consiguiente, del galló portugués.  

Recuerdo  (y eso sí que está claro y es demostrable) que cuando Bobby Charlton marcó el segundo gol, le di un manotazo de rabia al pobre animal simbólico. Se rompió en unos 300 pedazos que, después, mi madre se dedicó a recomponer con paciencia hasta dar de nuevo con la pieza original. Más o menos. Lo cierto y comprobable es que fue el primer partido de fútbol en el que me parece que sufrí y me deprimí, una constante bastante frecuente en mi vida deportiva. Al cabo de unos días, Inglaterra ganó su Mundial, con un gol que no era gol, con los Charlton y con Bobby Moore, que era una especie de modelo de pasarela, y con ese porterazo llamado Gordon Banks, que a mí me pareció siempre chino o algo por el estilo. Pero esa es otra historia.

La 'Naranja Mecánica'

Hubo más Mundiales y si me pongo a evocarlos lo que más permanece es el perfume insistente de la derrota que se apoderó de mi en aquella lejana tarde de hace más de 50 años.  Por eso están en lo alto de mi lista el Brasil de Sócrates, Zico y Falcao, y, por supuesto, la 'Naranja Mecánica' de Cruyff y compañía. Los que nunca consiguieron ser campeones y, aun así, me acompañan en la aventura sentimental que reverdece cada cuatro años. Y un derrotado que no conocí nunca en el campo pero al que vi morir por segunda vez en el año 2000, medio siglo después que encajara el gol de Uruguay que le mató por vez primera en Maracaná. Dijo Moacyr Barbosa: "Cuando me di cuenta que la pelota estaba dentro del arco, un frío paralizante recorrió todo mi cuerpo y sentí de inmediato la mirada de todo el estadio sobre mí". 

Mirar los Mundiales como si fueran 'The killers', el relato de Hemingway en el que Ole Anderson sabe que va perdiendo sin remisión. 

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