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ANÁLISIS

El ministro de Exteriores, Josep Borrell, a su llegada al primer Consejo de Ministros de Sánchez.

Enfrentamiento civil

Andreu Pujol Mas

El flamante ministro de Asuntos Exteriores español, Josep Borrell, dijo en una entrevista con Ana Pastor que en Catalunya “estamos al borde de un enfrentamiento civil”. Esta es una afirmación grave, no solo por falsa o exagerada, sino porque puede tener la vocación de profecía autocumplida. Que determinados políticos de primera fila y algunos medios de comunicación estén hablando constantemente de tensión, violencia y disputas, convirtiendo la anécdota en categoría y metiendo el dedo en cualquier pequeña llaga, seguro que no ayuda a mantener los debates con la suficiente serenidad democrática.

Cuando Borrell habla de enfrentamiento civil es inevitable remitirse, sin quererlo, al desastre iniciado en 1936 y recordar que se podría haber eludido un funesto conflicto si todo el mundo hubiera estado dispuesto a aceptar la toma de decisiones por cauces democráticos y a acatar el mandato de las urnas. La realidad catalana actual, afortunadamente, se aleja mucho de la de entonces, pero no es casual que en la raíz del enfrentamiento inventado de Borrell y del enfrentamiento real de los años treinta esté el mismo problema: unos privilegiados imponiendo su voluntad por encima de la capacidad de decisión de la ciudadanía. Parece que el propio ministro así lo entienda, aunque sea en su subconsciente, cuando en la entrevista que comentábamos dijo que le gustaría “volver a discutir con el señor Junqueras, democráticamente, sobre los problemas que nos ocupan” y que eso “contribuiría a rebajar la tensión”. Habría sido mejor que se hubiera dado cuenta de ello cuando tenía la oportunidad de defender con argumentos el 'no' en un referéndum, o antes de burlarse del físico de Oriol Junqueras una vez ya estaba encerrado en la cárcel y no se podía defender. Pero sin ánimo de ser rencorosos y dejando de lado los reproches, solo podemos darle la razón: cierto, la democracia siempre ayuda a rebajar la tensión. Por eso se inventó.

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