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LA CLAVE

Màxim Huerta dimite tras su escándalo fiscal.

El listón moral de la política

Enric Hernàndez

A Sánchez, tras llegar a la Moncloa en nombre de la ejemplaridad, no le quedaba otra que fulminar a Huerta. El empacho de corrupción exige una purga, pero cuidado con las inquisiciones venideras

Al conocerse la renuncia forzada del ministro Màxim Huerta por sus viejos problemas con el fisco, la corresponsal de 'Le Monde' en España sentenció: "La nueva moral sueco española no deja pasar ni una". Dio en el clavo Sandrine Morel, implacable anatomista del 'procés' soberanista en su ensayo 'El huracán catalán' (Planeta): la ética luterana, imperante en las democracias nórdicas, ha enraizado por sorpresa en la política española.

En lo que a la moral política atañe hay dos posiciones extremas: la que impone la tradición ibérica --negar la evidencia, proteger al correligionario, no asumir responsabilidad alguna... y aún menos dimitir--; y la que dictan los nuevos tiempos: a la menor sospecha, cortar por lo sano.

El miércoles, cuando se difundió la sanción impuesta al ministro de Cultura por fraude fiscal, Pedro Sánchez intentó desbrozar una vía intermedia: escuchar las explicaciones de Huerta, analizar sus prácticas fiscales, sopesar pros y contras de su continuidad... Pero el presidente acabó superado por el torbellino de los acontecimientos: muy a su pesar, hubo de forzar la dimisión de Huerta para evitar males mayores.

ESCLAVO DE SUS PALABRAS

Pesaron en su decisión la inconsistente versión del ministro, los avisos de Hacienda y, ante todo, el trampolín que lo aupó a la Moncloa: una moción de censura presentada en nombre de la ejemplaridad contra un presidente manchado por la corrupción. De mostrarse complaciente con una práctica fiscal socialmente indefendible hubiera empezado a cavar su tumba política. Era, al cabo, esclavo de sus palabras: si prometió fulminar a cualquier dirigente del PSOE que eludiera impuestos, no le quedaba otra que hacer lo propio con el titular de Cultura.  

El 'affaire Huerta', en todo caso, sitúa muy alto --en latitudes nórdicas-- el listón moral de la política española: a la menor sombra de duda, cese al canto. En adelante, tanto dará tener una fortuna oculta en un paraíso fiscal o una sanción fiscal; la pena política será idéntica. El empacho de corrupción exige sin duda una purga, pero mantengámonos vigilantes ante los puritanismos impostados que presagian inquisiciones venideras.

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