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ANÁLISIS

Màxim Huerta explica los motivos de su dimisión, este miércoles en el Ministerio de Cultura.

DAVID CASTRO

Fortuna y habilidad

Luis Mauri

La veloz y excepcional destitución del titular de Cultura puede trocar el vicio del ministro en virtud del presidente, cuyo estreno está hallando los elementos a favor

La nave de Sánchez ha batido dos marcas al ser sorprendida por la primera turbulencia grave. El singular ministro de Cultura solo ha durado una semana en pie. Ni un día más. Primer récord. Detestable, pero récord.

La mañana de este miércoles, los indicadores de navegación enloquecieron con la noticia del fraude de Huerta a Hacienda. A mediodía, el ministro se cocía a fuego vivo, de emisora en emisora, intentando justificar lo injustificable en un gobierno aupado precisamente tras naufragar el PP en el cenagal de la corrupción. Por la tarde, Sánchez tomaba la decisión de apear a Huerta de la nave. Segundo récord, este encomiable: el de velocidad en el cese tras la revelación del caso.

La rapidez de la expulsión de Huerta de la nave puede trocar el vicio del ministro en virtud del presidente. Siquiera por la colosal excepcionalidad que supone la asunción rápida (y la lenta también) de responsabilidades políticas.

Más allá de la turbulencia Huerta, por el momento superada con una maniobra rotunda y diligente, la navegación de Sánchez parece haber hallado en estos primeros doce días todos los elementos a favor.

Al póker de farol

¿La suerte del principiante? Mucho se ha escrito sobre esta superstición. Sin duda ha intervenido la fortuna en la sorprendente confesión de la exconsellera secesionista Ponsatí de que el Ejecutivo de Puigdemont jugaba al póker e iba de farol con la independencia. Una confesión sorprendente no por su contenido, sino por su oportunidad o inoportunidad, según de qué lado se mire, en vísperas de la primera reunión Sánchez-Torra.

También puede atribuirse al azar que la orden de prisión contra el cuñado del Rey haya coincidido con los primeros días del mandato socialista, uno de cuyos desafíos es justamente desempañar la imagen de la justicia española, velada por el halo amargo de los procesos por rebelión contra la dirigencia del procés.

Tres malhumores

Pero la identificación de las inquietudes dominantes en la sociedad española no debe anotarse en la cuenta de la fortuna. Sánchez ha sabido leer tres malhumores  sociales que recorren el país de punta a punta: el anhelo de igualdad de las mujeres, la tremenda fractura causada por el conflicto catalán y la indignación de los jubilados por la regresión de sus pensiones. Tres trincheras, tres movimientos paradigmáticos: la constitución de un gobierno en el que las mujeres doblan a los hombres y dirigen varios de los ministerios más importantes, la apertura de vías de diálogo con los independentistas catalanes y el acuerdo en el Pacto de Toledo para que las pensiones vuelvan a subir de acuerdo con el IPC.

Y en el drama del Aquarius, una cuestión de estricta y perentoria humanidad, Sánchez ha logrado colocarse con gran agilidad en la primera fila de la escena europea. El presidente español ha enarbolado la bandera de la solidaridad frente a la ultraderecha populista italiana y la hipocresía general de la propia Unión. Y se ha colocado en una posición inmejorable para situar España en condiciones de impulsar  el inaplazable debate sobre la política europea de migraciones. Pero, cuidado, para eso deberá resolver antes las mezquindades propias de la política española de acogida.

La nave, de momento, va.

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