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DOS MIRADAS

Aviso definitivo a todos los que se sienten inmunes, a los que creen poder burlar la ley en nombre de palabras poderosas

Urdangarina la cárcel. Cae el último símbolo del pelotazo. Aquel estado de inmunidad que enriqueció a tantos y envileció a todo el país. El paisaje se pobló de grúas. Tonto era el que no especulaba y cada palmo de tierra parecía tener su cofre del tesoro escondido. Una peste de avaricia desbordada atacó a todas las capas de la sociedad. También a la monarquía. A una de las piedras que engalanaban la corona, la gema más espontánea, juvenil y deportiva.

Urdangarin, a la cárcel. Aviso definitivo a todos los que se sienten inmunes. A los que creen poder burlar la ley en nombre de palabras poderosas. Cuando aquel marmóreo Felipe VI disertó sobre el respeto a la ley en su discurso tras el referéndum en Catalunya, sabía muy bien de lo que hablaba.

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Elsa Artadi, en un ataque de ombliguismo, declaró que la operación policial en busca del censo del 1-O no era más que una maniobra para distraer la atención informativa de la condena a Urdangarin. La visión de la portavoz del Govern se acerca más a la aspiración de creerse aún en el centro de la actualidad que a la realidad. Pero, a pesar de las radicales diferencias entre el ‘caso Nóos’ y el 1-O, hay un estado mental que comparten: el ensimismamiento de creerse superiores.

Urdangarin, a la cárcel. Una pizca de reparación para la España saqueada. La que fue víctima del pelotazo, la que sufrió el desgarro de la crisis, la que aún sobrevive anclada en el precariado.

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