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DOS MIRADAS

Al final de estos tres días de sufrimiento y angustia, 9 de cada 10 estudiantes que se han presentado a las PAU las aprobarán

Ha comenzado una nueva selectividad y hemos vuelto a ver las escenas habituales, fotografías recurrentes que llegan, cada año, el mes de junio. Chicas y chicos haciendo cola para entrar en el aula con su identificación, sudor frío antes del examen, inquietud durante la escenificación de esta especie de camino de madurez, comentarios sobre la dificultad de la prueba y, seguramente, la aparición de un texto extraño, de una extraña figura retórica, de un artículo complicado de comentar.

La nota de acceso

Al final de estos tres días de sufrimiento y angustia, 9 de cada 10 estudiantes que se han presentado a las PAU las aprobarán, con lo cual se demuestra que no se trata de tener un barómetro de la capacidad de los estudiantes para superar el bachillerato o para entrar en la universidad, sino de ponerlos en fila, de establecer --con la guadaña que es para muchos la nota de acceso-- unos criterios que se acercan a los de una oposición. Es decir, una lucha entre iguales, a menudo feroz (una décima, un pequeño resbalón, puede ser decisiva), para conseguir la recompensa de tener un lugar al alcance, la posibilidad de ordenar el cajón del futuro.

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Como cada año, también, vuelve a plantearse la necesidad de unas pruebas como estas, alejadas en su esencia de las nuevas corrientes pedagógicas. Y parece que todo permanece igual, como ocurre con todas las tradiciones. La Sele y las críticas a la Sele llegan, cada junio, de la mano. Hasta el año que viene, cuando ambas retornen, críticas y Sele

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