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EL DRAMA DE LA INMIGRACIÓN

¿Quién va a la deriva?

Rafael Vilasanjuan

Tenemos la cara y la cruz, dos gobiernos recién llegados, que no han tardado en posicionarse en el escaparate de la miseria humana

Es pronto para saber si podrán llegar, pero no para saber que el flamante Gobierno de España ha conseguido parar la insolidaridad e injusticia que impedía a 629 personas dejar atrás las costas de un mundo hostil y acogerlos, aunque solo sea para darles unos zapatos que ponerse, un plato donde comer, un abrigo con que taparse y una cama para la noche. Ojalá lleguen a Valencia y acaben encontrando al menos eso. El dilema no es solo si van a llegar, desde que los vientos de xenofobia agitan Europa y en Italia el poder se reparte entre una coalición donde ultras y populistas han encontrado en la inmigración la causa de todos sus males, sabíamos que no iba a tardar en llegar la tormenta. Un barco sin rumbo con mas de un centenar de menores y con mujeres embarazadas, sin un horizonte donde recalar esperando la solución a un debate estéril sobre si debe ser uno u otro país quien les acoja.

¿Tan lejos estamos de una idea compartida de humanidad y civilización? La tormenta ha llegado a Europa para quedarse. Tenemos la cara y la cruz, dos gobiernos recién llegados, que no han tardado en posicionarse en el escaparate de la miseria humana. La respuesta italiana era previsible. Si no fuera por el crimen que supone dejar gente a la deriva, se podría entender como la falta de respuesta de todos sus vecinos. Cuando Europa decidió cerrar la puerta, hubo un pacto jamás cumplido por el que todos los países debíamos repartirnos la carga de los que ya abarrotaban Grecia e Italia. Nadie cumplió y con cada una de las nuevas llegadas a sus islas del sur, la Liga Norte fue arañando apoyos hasta alcanzar el poder. No debería sorprender que el Ministro del Interior, Mateo Salvini, responsable de cada uno de esos votos arrancados al temor a la inmigración, les rechace. Mas difícil es entender que considere que el desembarco alternativo en España soluciona el problema.

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Aunque no sabemos si será viable, la decisión de Pedro Sánchez ha sido tan rápida como necesaria desde un punto de vista humanitario. Habrá necios que conjuren sobre el efecto llamada, otros que consideren que esto solo es un gesto, incluso populismo. A todos los que les suene lejana esta realidad habría que preguntarles qué ocurriría si alguno de los recuperados al mar fuera su hijo, hermano o mujer. Por suerte la sociedad civil y algunas administraciones llevan tiempo preparados para darles cobijo y seguro que algo mas de 600 inmigrantes no van a poner a riesgo ni la convivencia ni la capacidad de acogida. Pero el problema de fondo está todavía lejos de ser solucionado. Aparte del final del drama humano de cada uno de ellos, lo mas interesante de esta decisión es que abre de nuevo el debate sobre qué hacer con los que ya están, y con los que seguirán viniendo. Porque nunca había sido tan evidente una Europa partida, el anuncio de una deriva si no se logra un proyecto común que haga frente a la inmigración, empezando por entender que el principal problema no son ellos. Somos nosotros.

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