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DOS MIRADAS

¿Cuántos tuits nos podríamos ahorrar? La gran mayoría, por no decir todos

Una de las características más destacadas de los tuits es la inmediatez. Aquella especie de pulsión que nos coge, se apodera de los dedos y del cerebro y nos empuja a escribir lo primero que nos viene a la cabeza. Y que pensamos que se debe escribir, claro, porque el mundo dejaría de girar si nosotros no hiciéramos explícita aquella pulsión incontrolable. ¿Cuántos tuits nos podríamos ahorrar? La gran mayoría, por no decir todos. Quizás salvaríamos los más ególatras (sería duro prescindir de ellos), los que recomiendan un libro, un disco, una película (también tienen un punto de egolatría, porque indicamos que nosotros sí hemos leído, hemos escuchado, hemos visto) y algún tuit amical, inocente y enriquecedor para nuestra inteligencia emocional. El resto, podemos decir que sobran. El personaje que no nos gusta y del que nos reímos; el individuo que ha dicho una determinada cosa y que queremos rebatir con virulencia; el insulto gratuito y mezquino, el exabrupto sarcástico o directamente torpe; la ideología que censuramos; la frase ingeniosa que censura a la persona, su manera de hacer, de caminar o de vestir; la broma que no tiene ninguna gracia.

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Estos días asistimos a la arqueología del tuit. Los que tratan de recuperar caracteres antiguos que dinamitarán el presente y los que tratan de verter un cemento opaco en el agujero donde descansan opiniones que ahora se arrepienten de haber hecho públicas. Somos lo que escribimos en un momento de euforia e inconsciencia. Este es el signo de los tiempos.

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