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Editorial

El dilema de la selectividad

Se hace urgente el debate sobre cómo adecuar las pruebas para acceder a la universidad a los métodos educativos más innovadores

Exámenes de selectividad en la Universitat Pompeu Fabra (UPF) de Barcelona.

Exámenes de selectividad en la Universitat Pompeu Fabra (UPF) de Barcelona. / JOAN CORTADELLAS

La generación conocida como de los 'centennials' se enfrenta esta semana a las PAU (Pruebas de Acceso a la Universidad) con las mismas dudas e inquietudes que sus predecesoras, en unos exámenes que, después de décadas y de pequeñas variaciones en la estructura, siguen siendo una especie de oposiciones para conseguir una plaza en la universidad, en especial en aquellos casos en los que la demanda es superior a la oferta. Los datos son concluyentes: el 94% de estudiantes superan las pruebas, y la nota media es de notable, con lo cual no se trata específicamente de superar una barrera para acceder a los estudios superiores sino de competir con otros para obtener la plaza deseada en el sistema universitario.

Esta generación, sin embargo, se diferencia de las otras en el hecho de que se trata de la primera que es un ciento por ciento digital, y que es consciente de la flexibilidad laboral, sin aspirar a un mismo trabajo para toda la vida. En la universidad, que se halla inmersa en una crisis tanto de credibilidad como de supervivencia, se encontrará con una dinámica que apuesta por la profesionalización y que debate qué tipo de grados ofrecer para adaptarse a los cambios acelerados del mercado. Los últimos tiempos han sido devastadores: entre 2008 y 2015 ha descendido un 30% la financiación privada y un 21% la pública, con menos índices de competitividad y de innovación, con tasas de reposición del profesorado ridículas o inexistentes y con una creciente precariedad en el caso de los profesores asociados.

La educación, en los estadios de primaria y de ESO, está generando una nueva manera de enseñar que incide en las competencias de los alumnos por encima de sus capacidades memorísticas, justo lo contrario de lo que se exige en la selectividad, que oscila entre las innovaciones radicales de Biología y las antiguas inercias de Historia del Arte, con más tendencia a premiar la memoria o la receta que no la interpretación del conocimiento. Este es el debate que está sobre la mesa. ¿Deben seguir adaptándose los currículums a una prueba de evaluación concentrada en tres días o debe cambiar la selectividad para dar paso a los métodos de aprendizaje más innovadores? ¿La variación en los exámenes provocará un cambio pedagógico o debe ser esta creciente ola de la nueva pedagogía la que provoque otro tipo de pruebas, más eficientes y menos burocráticas? El dilema está servido y debe analizarse con atención y una cierta urgencia.

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