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Contrapunto

Cambio de símbolos con el nuevo Gobierno

Salvador Sabrià

Los primeros pasos del Ejecutivo de Pedro Sánchez marcan distancias con las prioridades de su antecesor

Las acciones simbólicas son muy importantes en política. Intentan marcar el relato de lo que sucede, darle un sentido favorable a sus autores, convencer a la opinión pública de porqué se adoptan determinadas medidas o se evitan otras. Si lo importante y prioritario es la creación de empleo, al precio que sea y saltándose las normas que teóricamente pueden dificultarla, cualquier iniciativa quedará amparada por esta premisa. Desde la reforma laboral más dura, hasta las rebajas de cotizaciones sociales que reducen los ingresos de los que se nutre el sistema de pensiones. Todo se ve afectado y reforzado por los símbolos. 

El Gobierno de Pedro Sánchez se ha estrenado jugando muy fuerte en este terreno. Desde el primer momento, con la toma de posesión el presidente prometiendo el cargo, sin la presencia de la cruz y sólo ante la Carta Magna. Y con la misma fórmula en el resto de miembros del Gabinete, independientemente de sus creencias religiosa. Si el Estado es aconfesional ya era hora de dejarlo claro. Pero la política de gestos e imágenes continuó con la composición del Ejecutivo con mayoría absoluta de mujeres (veremos que sucede en la segunda línea), una voz femenina también para informar de las decisiones del Consejo de Ministros, y con el reparto de responsabilidades sin distinción entre sexos. 

Estos cambios se reflejaron asimismo en las diferentes tomas de posesión. A título de ejemplo, la ministra de Industria, Comercio y Turismo, Reyes Maroto, no se limitó a destacar la importancia de esos tres sectores para la economía, sino que puso el acento en que su crecimiento y su adaptación a las nuevas tecnologías debe tener en cuenta, en primer lugar, que se garantice un empleo digno para sus trabajadores. Eso vale, recalcó, tanto para el turismo, con una velada referencia a las batalladoras limpiadoras de habitaciones conocidas como las 'kelis', como para el comercio -que con el negocio digital empieza a crear una subclase de trabajadores con menos derechos- o para la industria, ante su creciente robotización.

Puede que sean solo palabras y gestos, esto el tiempo y sus acciones lo dirán, pero de momento marcan de forma clara un cambio de discurso con sus antecesores. Por que, además, en el ejemplo de la ministra citada, no se trata de declaraciones esperables de la responsable de Trabajo, sino que apuntan a un mensaje de fondo que emana de todo el Gobierno. Empezando por su vicepresidenta, Carmen Calvo, que marcó como una de las prioridades del Ejecutivo reducir al máximo la brecha salarial y facilitar la igualdad entre hombres y mujeres en el acceso al empleo. El reto ahora es que esta política de imagen se convierta en realidades, ya que en caso contrario no sería más que una hábil campaña de propaganda. 

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