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Al contrataque

Íñigo Méndez de Vigo (izquierda) junto Màxim Huerta, en Madrid.

REUTERS / PAUL HANNA

Un cambio de tele

Jordi Évole

Los de la tele somos a la cultura lo que Las Ketchup a la historia de la música

Por el título igual piensan que estoy hablando de TVE y de la necesidad de que las cosas cambien. O piensan que me cambio de cadena, y paso de La Sexta a otra. Pero no. Todo es más prosaico. Cuando hablo de un cambio de tele, me refiero exclusivamente a que el sábado fui a comprarme una tele nueva. Podría decir que sigo con la tradición iniciada en este país en el 82 de cambiar de tele coincidiendo con el Mundial de fútbol. Pero no, tampoco. Simplemente la tele que tenía se estropeó y he tenido que cambiármela. El vendedor me informó que efectivamente se mantiene la tradición y que las ventas se han disparado. La cosa es que por culpa del Mundial no quedaba ni una en 'stock'. Y que gracias al Mundial tengo una oferta que me tiene muy loco: si España va pasando fases, la tele me saldrá más barata. Cada eliminatoria superada por la selección, 50 euros de descuento. O sea, que si yo ya iba con la Roja (como Puigdemont, por su admiración hacia Gerard Piqué… no me digan que eso no es desescalar), pues ahora más.

La tele sigue ocupando un espacio privilegiado en mi casa. Creo que no hay electrodoméstico más mimado en su ubicación. Aunque las formas de verla han variado, la mayoría la colocamos en el comedor de casa, frente a nuestro sofá o sillón favorito. Además, mientras otros electrodomésticos han tendido a reducir su tamaño, las teles lo han aumentado, y han ido ganando espacio en nuestros hogares.

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Pero a pesar de los privilegios que le otorgamos al aparato, luego no dudamos en maltratarlo. La colocamos en el mejor lugar de la casa, le damos más espacio… pero no nos cortamos a la hora de llamarla “caja tonta”. Y cuando nos hablan de tele no dudamos en afirmar: “Yo casi ya no la veo”, “Nunca dan nada bueno” o “Todo es una basura”.

No me extraña que cuando un presidente recién llegado se fija en uno de la tele para nombrarlo Ministro de Cultura se líe la de Dios. Los de la tele somos a la cultura lo que Las Ketchup a la historia de la música. Da igual que lo que se ve en la tele sea al día siguiente el tema más comentado en la oficina. Da igual que la tele aglutine delante suyo y de forma simultánea a un número de espectadores que casi nadie congrega. Da igual que haya profesionales que se lo curren para hacer su trabajo lo mejor que saben. Da igual. La tele, caca. Y si de ahí sale un ministro, pues a por él. Y si encima se le ha ocurrido durante unos años de su carrera hacer entretenimiento en un “programa de esos de la mañana solo para marujas” pues ya ni te cuento.

Es que es mucho mejor tener ministros de Cultura que se sepan 'El novio de la muerte' y que lo canten a todo pulmón cuando ven desfilar al Cristo de los Legionarios. Solo le pido a Dios que el Gobierno de Sánchez llegue hasta la próxima Semana Santa y que toda España vea que su ministro de Cultura no se sabe ningún himno militar. Y que yo pueda verlo en mi flamante televisor en una de esas procesiones retransmitidas en directo, si es que no se cargan también eso, de las pocas cosas buenas que 'echan' en la tele.

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