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ANÁLISIS

Política, tan sencillo y tan complejo

Luis Mauri

¿Serán capaces de redoblar con la misma capacidad hipnótica los tambores independentistas frente a un Gobierno español dispuesto a resituar el conflicto catalán en las coordenadas del diálogo, es decir, de la política?

El ingeniero Rafael Campalans murió ahogado en la playa de Torredembarra en 1933. Estaba a punto de cumplir 46. Hijo de un modesto sastre de Barcelona, dirigió la Escola del Treball, una moderna institución fundada en 1873 para cualificar obreros para la industria catalana. Socialista y catalanista, Campalans dejó a su muerte un breve pero vigoroso legado político, referente del socialismo catalán actual.

"Política significa pedagogía", repetía Campalans. Y también comunicación, cabría añadir un siglo después. Comunicación, relato, marco mental. La importancia de construir un discurso capaz de imantar las inquietudes y sobre todo las emociones de la sociedad es vital en todo proyecto político que aspire a la hegemonía.

El independentismo catalán ha conseguido en los últimos años armar con eficacia su relato. En este empeño le ha sido de gran ayuda la derecha nacionalista española. El PP se benefició durante muchos años de la escalada de tensión. Perdía votos, se desangraba en Catalunya, pero ganaba muchos más en el resto de España. Y quebraba a los socialistas catalanes y en consecuencia le cortaba al PSOE la vía de acceso a la Moncloa.

De Zapatero a Rajoy

La desafección catalana de la que previno en su día el expresident socialista José Montilla se fraguó bajo el mandato del también socialista José Luis Rodríguez Zapatero: déficit infraestructural y de financiación, caos de Rodalies, campaña del PP contra el Estatut y cepillado final por parte del Tribunal Constitucional. Pero el gran relato independentista (en buena medida sustentado en postulados tangentes a la razón, impulsado por la crisis y las maniobras de la derecha nacionalista catalana para velar su corrupción) creció hasta alcanzar proporciones hegemónicas ya frente a las murallas del Gobierno de Mariano Rajoy.

Una de las incógnitas más sabrosas que abre el cambio de tercio en España es si los tambores independentistas serán capaces de redoblar con la misma capacidad hipnótica frente a un Gobierno español de centroizquierda. Un Ejecutivo dispuesto a resituar el conflicto catalán en las coordenadas del diálogo, es decir, de la política, no parece de entrada el enemigo necesario en cualquier proceso de radicalización. Es evidente que si al diálogo le acompañasen hechos significativos como la moderación de la Fiscalía General o el acercamiento de los presos a Catalunya, el clima no podría ser el mismo.

La mano que estrangula

Pedro Sánchez no le debe nada a la vieja guardia ni a los barones del PSOE, que solo le echaron una mano para tratar de estrangularle. El PSC de Miquel Iceta, en cambio, fue su cuerpo de ejército más nutrido y fiel en la batalla por la reconquista de la secretaría general del PSOE. La visión  del PSC marcará la política territorial del nuevo Gobierno por medio de la ministra Meritxell Batet, mientras que su homólogo Josep Borrell habrá de contener las previsibles acusaciones de entreguismo que llegarán de la derecha nacionalista española.

Eso sería hacer política. Y pedagogía y comunicación. Este es el desafío de Sánchez. Que el Gobierno haga política en Catalunya. Tan sencillo y tan complejo. 

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