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TENSIÓN EN EL GOLFO PÉRSICO

Un avión de la compañía aérea Qatar Airways

AP / Kamran Jebreili (AP)

Qatar: un año de bloqueo

Eduard Soler Lecha

Los qatarís y los residentes en este emirato sufren las molestias del boicot pero ha nacido una especie de orgullo de resistencia

Qatar recibe una atención que no se corresponde con su tamaño. Más pequeño que la provincia de Lleida y con dos millones de habitantes, de los cuales solo 300.000 son autóctonos, Qatar tiene una indudable capacidad para generar polémica. En las últimas décadas los qatarís han puesto su enorme riqueza al servicio de una estrategia para ganar peso y visibilidad internacional. El deporte -el país acogerá salvo noticia de última hora el Mundial de Fútbol de 2022- la creación de Al Jazeera en 1996 y una política exterior ambiciosa han proyectado Qatar a escala global.

Su hiperactividad ha levantado ampollas. Cuatro países -Arabia Saudí, Egipto, Emiratos Árabes Unidos y Bahréin- dieron un golpe encima de la mesa hace un año. El 5 de junio de 2017 rompieron relaciones diplomáticas, impusieron un boicot terrestre y marítimo y llamaron al resto de países e incluso a las compañías privadas a seguir sus pasos. No era la primera vez que varios países árabes se enfrentaban a Qatar pero nunca lo habían hecho con tal contundencia. No solo por la dureza de las medidas sino por lo que se le exigía para levantarlas. Venían a decir que Qatar era un país que apoyaba el terrorismo, que era desleal respecto a sus vecinos árabes y que para hacerse perdonar tenía que someterse al dictado de sus hermanos mayores.

Ir por libre

¿Tanto miedo da Qatar? Tras la Primavera Árabe, los qatarís decidieron que lo que era un riesgo para muchos regímenes autoritarios para ellos era una oportunidad. Apoyaron a fuerzas políticas emergentes, en su mayoría vinculadas a los Hermanos Musulmanes. A través de ellos, Qatar aspiraba a convertirse en una potencia regional. Parte de este apoyo también se dirigió hacia grupos extremistas, especialmente en escenarios de conflicto como Siria o Libia. Sus hermanos mayores también lo hicieron. El problema no era su radicalidad o su violencia, sino que los qatarís fueran por libre. Los saudís y sus aliados creyeron que había llegado el momento de poner las cosas en su sitio. Se sentían envalentonados tras la célebre danza del sable de Donald Trump en Riad.

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Los qatarís tenían dos opciones: ceder o resistir. Y optaron por lo segundo. Están en modo resistencia desde hace un año. Y por ahora han aguantado razonablemente bien. La popularidad del emir Tamim incluso ha aumentado. Los qatarís y los residentes en este emirato sufren las molestias del boicot pero ha nacido una especie de orgullo de resistencia. Qatar ha sabido explotar el valor estratégico de la base militar americana en su país así como su colchón financiero y unas relaciones diplomáticas cada vez más diversificadas.

De hecho quienes se enfrentan a un dilema mucho mayor son los promotores del boicot. O lo relajan, argumentando que Qatar ha empezado a hacer los deberes aunque esté muy lejos de lo que le habían exigido, o toman medidas más drásticas. No hacer nada supone reconocer un fracaso, que carecen de fuerza o autoridad suficiente. Ni todos juntos habrían podido con ese díscolo hermano menor.

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