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Dos miradas

La diplomacia, ahora que Borrell deberá ejercerla, es siempre mejor que el sarcasmo gratuito o el exabrupto

El verbo desinfectar, en boca de un político en un mitin electoral, es dinamita. Debería haber algún sistema que previera que la utilización de esta palabra puede producir efectos devastadores. Eliminar los micoorganismos patógenos, esto significa desinfectar. Limpiar, esterilizar, inmunizar, en función de si la infección se debe curar o se debe prever, si la herida ya es explícita o si se da el caso que tratamos de evitarla. En diciembre, cuando Borrell quería desinfectar antes de coser, la herida era notoria, con unos cuantos políticos y activistas en prisión. La metáfora era impecable, porque es evidente que el orden de las cosas sanitarias es este, pero no hablaba de cauterizar las barrabasadas, las llagas y las contusiones provocadas por un sector en el que él se alineó de manera ostensible, sino de sanear la mitad de la población que estaba a punto de votar por opciones independentistas.

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Evidentemente que es un problema que tanta gente piense que la idea buena es marchar, pero esto no se soluciona con una desinfección del pensamiento, sino con una limpieza democrática radical, es decir, con la reconducción de las rejas hacia el territorio de los discursos y las consultas efectivas.

La diplomacia -ahora que Borrell deberá ejercerla- es siempre mejor que el sarcasmo gratuito o el exabrupto del momento, que cautiva la presente audiencia animada, pero representa un lastre para la idea de un futuro con serenidad y paz.

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