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La clave

Al situarlo en Exteriores, Sánchez se procura una coraza frente a los seguros ataques del independendentismo catalán y de la derecha española, nacionalismos simbióticos

Hace 20 años Josep Borrell vencía al 'aparato' del PSOE y conquistaba la candidatura a la Moncloa en las primeras elecciones primarias celebradas en España. Hace un año, Pedro Sánchez se imponía en otras primarias a la oficialista Susana Díaz, tras haber sido descabalgado de la secretaría general del PSOE. Un hilo invisible, tejido de tenacidad y rebeldía, cose los destinos del nuevo presidente del Gobierno y de su ministro de Asuntos Exteriores.

La elección de Borrell como jefe de la diplomacia ha suscitado la indignación del independentismo y ha sumido en la perplejidad a la derecha española. La incomodidad, en ambos casos, está más que justificada.

El soberanismo suspira por que las réplicas a sus demandas se las den voces cazallosas, propensas al exabrupto patriótico; en el antagonismo moldea su legitimidad. Y el nacionalismo español, para fortificar su hegemonía, ansía una izquierda de liderazgos melifluos para poder caracterizarla como cómplice de los enemigos de la patria. Borrell, de verbo rocoso y documentada oposición al proyecto independentista, resulta para ambos un hueso demasiado duro de roer.

Sánchez es consciente de que, si difícil era el asalto a la Moncloa, aún más ardua será su estancia en la misma. Para su Gobierno cada sesión parlamentaria será una emboscada y cada tertulia, un Vietnam. De ahí que, ante el fuego cruzado entre los nacionalismos simbióticos --y tal vez el 'fuego amigo'--, haya confiado a Borrell el papel de cortafuegos. Suya será la misión de combatir el relato independentista, tanto en el ámbito doméstico como en los foros internacionales, lo que permitirá al presidente enfatizar su apuesta por el diálogo y la ley para encauzar el conflicto catalán.

Rajoy y el dedo de Aznar

Con dos décadas de diferencia, Borrell y Sánchez encarnan un mismo modelo de liderazgo: el que nace de la libre competencia y no de la sumisión orgánica. Hasta Mariano Rajoy parece haber entendido que el suyo nació lastrado por el dedo de José María Aznar y por la trama corrupta por este tolerada. Le honra el propósito, aún pendiente de cotejo, de librar de tal mal a su sucesor.  

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