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Dos miradas

La muchedumbre traslada el féretro de Razan Najjar, la enfermera que ha muerto por los disparos hebreos.

HAITHAM IMAD (EFE)

La bala de Najjar

Emma Riverola

Israel es la dramática constatación de que el oprimido esconde un opresor bajo su piel

No sé si estamos hechos a imagen y semejanza de Dios. Pero la historia de los pueblos sí son el reflejo de los hombres y las mujeres que los integran. De sus grandezas y de sus miserias. También del dolor acumulado.

Soldados israelíes asesinaron a Razan Najjar, una joven enfermera palestina que atendía a los heridos. Un tiro en el cuello. Una bala cargada con todas las trágicas contradicciones que arrastra el pueblo judío. Siglos de persecución, humillación y matanzas. La memoria del exterminio nazi aún en boca de sus supervivientes. La Shoah que arrasó los árboles genealógicos de sus habitantes. Imposible desprenderse de ese sufrimiento heredado. Imposible no mirar al pasado y sentir la desesperación del superviviente, el orgullo del renacido, la fiera defensa de lo conseguido a pesar de todos los pesares. Pero, también, imposible no mirar al presente y ver a un Estado que persigue, humilla, encarcela, condena a la miseria, atemoriza, hiere y, al fin, asesina a los palestinos. Un Estado que, en nombre de una inocencia perdida, mata a otros inocentes.  

Israel es la dramática constatación de que el oprimido esconde un opresor bajo su piel. De que sus venas heridas no están libres de la maldad, que por ellas también puede correr la sangre de la ignominia. El perverso baile entre la culpa y la inocencia. Fortaleza y debilidad. Bondad y castigo. Quizá es cierto. Quizá, al fin, solo somos el reflejo de unos dioses caprichosos.

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