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Sánchez, sorpresa con oportunidades

Joaquim Coll

Que ERC y PDECat hayan votado al lider socialista les obliga a cambiar el discurso porque España ya no es el PP

En España, contra lo que muchas veces se afirma, la justicia no solo es independiente frente a las presiones partidistas y mediáticas, sino que la corrupción se acaba pagando políticamente. La sentencia del caso Gürtel es un ejemplo de ambas cosas. Los fiscales y los jueces han hecho un gran trabajo en contra de los intereses del partido en el Gobierno, y los diputados del Congreso han expulsado del poder al presidente por negarse a asumir responsabilidades políticas. La imagen de España como democracia ha salido reforzada con la caída de Mariano Rajoy. Se ha emitido una señal clara de que las instituciones funcionan. En la tan admirada Alemania, la conservadora CDU también tuvo su particular caso Bárcenas hace 20 años sin que nadie acabara en la cárcel y nada impidió al presidente del partido Wolfgang Schäuble, salpicado con el escándalo, acabar después siendo la mano derecha del Gobierno de Merkel. A veces confundimos ser autocríticos con flagelarnos con saña.

La crisis por la corrupción del PP no se ha resuelto con la convocatoria de elecciones, como parecía lógico, sino con la inesperada llegada al poder de Pedro Sánchez. Ha sido posible gracias a una carambola de intereses y prevenciones, empezando por el miedo del PNV ante al ascenso de Ciudadanos en las encuestas y, paradójicamente, porque los partidos independentistas han preferido cobrarse por adelantado la cabeza del demonizado político gallego. El PDECat pasó en una semana de decir "lo mismo nos da Rajoy que Sánchez" o insinuar que iba a pedir "un precio muy alto", lo que equivalía a rechazar la moción, a dar sus votos a cambio de nada. En ERC, más posibilistas, estaban dispuestos a ello desde el primer momento. Así pues, el líder socialista llega a la Moncloa sin haber adquirido más compromisos que el de gobernar con los presupuestos que hace dos semanas aprobó el Congreso, lo cual más que una hipoteca supone una ventaja porque su minoría parlamentaria no le iba a permitir sacar otros. Por lo demás, tiene las manos libres para formar un Ejecutivo sólido hasta decidir convocar nuevas elecciones. Su error sería intentar, como le pide el PNV, agotar la legislatura.

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La fortaleza de Sánchez a corto plazo no es política sino psicológica. Radica en haber hecho posible lo que quería gran parte de la ciudadanía: dejar atrás la etapa de Rajoy y sus nefastos ministros, no solo por la corrupción, también por su desidia e ineptitud ante los problemas sociales. El cambio del principal actor en la política española supone también una buena noticia para mejorar el enfermizo clima nacionalista en Catalunya. Ofrece una oportunidad para el diálogo, que no para la negociación mientras el separatismo solo quiera hablar de independencia y "presos políticos". Pero que ERC y PDECat hayan votado a Sánchez les obliga a cambiar el discurso porque España ya no es el PP. Es sorprendente que hayan preferido perder ese señuelo que atraía a tantos catalanes. Eso abre una oportunidad para los constitucionalistas que se suma al grave error de Carles Puigdemont de designar como president al xenófobo Quim Torra.

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