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DOS MIRADAS

Asistentes al Primavera Sound, con caretas de Puigdemont en la nuca.

C. S.

De repente, cuando el Primavera se vacía aparecen cientos de caretas de Puigdemont que la gente se coloca en la nuca

Después de haber escuchado a la Birkin ("qué delicadeza", dice ella), Arctic Monkeys ("transmiten una sensación de final", dice la amiga), Deerhunter y unos cuantos más, se sientan a hacer un mojito. En el escenario de Apple, ha terminado la actuación de Beach House y, en un montañita de hormigón, cuando la noche aun no es fría, el público se mece como si se tratara de un jardín con césped, obsesionados en una especie de ceremonia de abducción, como si, en lugar de escuchar un concierto, recibieran plácidamente las instrucciones de uso de un apocalipsis. Quizás ayuda el hecho de que un personaje se pasea vestido de profeta bíblico. Muchos se han pintado la cara con purpurina, que debe ser la moda de este año.

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Un irlandés se acerca a las dos chicas. Sabe que está en Barcelona, ​​desde hace una semana, pero nada más. Pregunta de donde son. "Catalonia", dice una de las amigas. El irlandés cree que habla de un condado antiquísimo, quizás incluso inventado. Ni idea. Intentan explicárselo y el irlandés escucha, atento y ausente. De repente, hacia las 5 de la madrugada, cuando el Primavera se vacía aparecen cientos de caretas de Puigdemont que la gente se coloca en la nuca. Dicen que las ha repartido la organización. Algunos gritan libertad y muchos más, como el irlandés, se lo toman como la broma de la purpurina. Cuando llegue a casa, la colgará en la pared junto al pase de tres días. Puigdemont -cosas de la vida moderna- se convertirá así un icono indie.

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