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MIRADOR

Pedro Sánchez y Mariano Rajoy se saludan, protocolariamente, tras finalizar la sesión. 

Pierre-Philippe Marcou (POOL via REUTERS)

El siglo de España que duró una semana

Luis Mauri

Si Sánchez tiene talento y acierto para distender el conflicto catalán, los ultranacionalismos de Rivera y Puigdemont perderán atractivo y recorrido

La naturaleza del tiempo es uno de los grandes misterios que fascinan a los filósofos y a los físicos; también a los poetas. Pero solo los políticos han logrado demostrar que un siglo puede transcurrir en una semana. Un siglo comprimido en un puñado de días, la contracción del tiempo, el gran hallazgo de la política.

Hace una semana, Rajoy acababa de lograr la bendición del Congreso a los Presupuestos. El presidente encaraba con alivio y satisfacción la segunda mitad de su mandato. El fuelle del PNV le inflaba las velas para navegar hasta el fin de la legislatura. El PP podía destinar ahora todos sus recursos al empeño de neutralizar la amenaza de Ciudadanos.

Hace una semana, Rivera vivía un sueño de dulce embriaguez. Ascendía como un bólido, impulsado grácilmente por el conflicto catalán y la corrupta decadencia del PP, y exento del desgaste de todo gobierno. Hubiera vendido su alma por un adelanto electoral, tan brillante era su estrella del momento. Pero aguantar el resto de la legislatura no tenía por qué suponerle un problema serio.

Fuera de foco

Hace una semana, Sánchez languidecía en zona de penumbra. Los focos solo alumbraban a Rajoy, Rivera y Puigdemont. Y ocasionalmente al domicilio de la pareja Iglesias-Montero. Falto de tribunas y altavoces propios, huérfano de plataforma institucional, vacilante ideológicamente, Sánchez parecía condenado a la irrelevancia.

Hace una semana, Puigdemont era el príncipe mártir del relato independentista. Apoyado en su vicario Torra, perfilaba a su imagen y semejanza el movimiento con el que pretendía alzarse con la hegemonía del nacionalismo catalán. Poseído por un hambre parricida inversa a la de Saturno, se disponía a devorar al partido que lo había engendrado (PDECat, antigua CDC) y también a buena parte del electorado de ERC.

Estas líneas diversas dibujaban el perímetro del escenario político hace tan solo una semana. Hoy, un siglo después, Rajoy ha caído fulminado por la relampagueante audacia de Sánchez. El líder del PSOE ha demostrado inteligencia y agilidad para intuir el punto de intersección de la Gürtel y el conflicto catalán. Ahora, él es el presidente del Gobierno. Y el PP está en la oposición repensando su futuro con o sin Rajoy al frente.

Cambio de guion

A Rivera le han cambiado el guion del drama en mitad de la representación. Los diálogos que tan buen resultado le estaban dando en las proyecciones electorales, de pronto pierden parte de su sentido. Un impacto similar puede sufrir el relato maximalista de Puigdemont, quien regresaría así al estadio de estorbo político para todos menos para sí mismo.

Si Sánchez halla la responsabilidad, la visión estratégica, el sentido de Estado y el coraje necesarios para desalambrar el conflicto catalán, o al menos para sentar las bases de la distensión, los ultranacionalismos de Rivera y Puigdemont perderán atractivo y recorrido. ERC podrá hacer frente en condiciones a la opa del expresident.  Y en el PDECat, la moderada Pascal tiene la oportunidad de recobrar autoridad como interlocutora en el proceso de distensión y escapar al ostracismo que le deparaba la maniobra de Puigdemont.

Todo esto, si Sánchez tiene acierto y talento. Y si su súbito idilio con Iglesias no desemboca antes de tiempo en una guerra fraticida más de la izquierda. Quedan muchos siglos, es decir, semanas, por delante.