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LOS INDEPENDENTISTAS PRESOS

La incomunicación como castigo

Núria Iceta

No se puede pedir empatía desde el resentimiento, ni poner trabas a la comunicación mientras se reclama diálogo

Cuando era pequeña y me pasaba de lista (me parece que era más marisabidilla que traviesa) mi abuela me ponía de cara a la pared. No me enviaba al rincón de pensar (invento moderno) o a mi habitación, no, me ponía de cara a la pared y pronto empezaba el mismo diálogo: -'Iaia', puedo salir? -No, aún no, mientras ella seguía con lo que hacía o retomaba la conversación con quien fuera que la acompañara en ese momento. El castigo era la incomunicación, no podía ver qué pasaba detrás de mí, no podía hablar ni interactuar con mi gente.

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Y es que el lenguaje como herramienta principal de comunicación entre los humanos funciona. Pero muchas veces el metalenguaje no. ¿No os ha pasado nunca que incluso hablando el mismo idioma hay gente con quien no te entiendes? ¿Qué límites tiene el lenguaje? ¿Qué más necesitamos para establecer realmente una conversación? Esta sensación de desespero porque ni con la voz ni con las letras no consigues establecer el canal por el que circulen las palabras frustra la comunicación en el ámbito privado. Siento que solo la música es capaz de producir un metalenguaje que llegue a todos, y a cada uno diferente, a partir de unos mismos signos escritos, unos instrumentos y la interpretación que añaden los músicos.

Si aceptamos que la revolución industrial del siglo XXI es la de la comunicación, debemos ser conscientes de que solo nosotros podemos ser el centro y tendremos que asegurarnos de que todos jugamos con las mismas cartas, si no queremos que la incomunicación limite nuestra convivencia a nivel personal y se convierta en un arma peligrosa en manos de quien tiene el poder para restringirla.

Hace meses que la gente de bien reclama diálogo, pero no sé si estamos en disposición de iniciarlo. Añoro los días en que hablábamos de desescalar, porque me temo que la escalada todavía existe, y que sigue bajando hacia el abismo. Me da la sensación de que todo lo que ha pasado nos ha situado en un estadio previo y que debemos interiorizar de nuevo las reglas del juego antes de hacerlo posible.

La perversión del lenguaje, el postureo y la demagogia se han hecho fuertes en el debate político

En el ámbito público, la perversión del lenguaje, el postureo y la demagogia se han hecho fuertes en en el debate político. Y ya no digamos en las redes sociales (Joan B. Culla hace tiempo que ironiza diciendo que Twitter acabará con todo rastro de vida inteligente). La fatiga de una manera de hacer política crea distancia e incomunicación. La guerra de los relatos se libra en la arena pública pero se trama en despachos que controlan el acceso a la información, mueven los millones de la economía financiera por fibra óptica, esparcen 'fake news' o limitan el acceso a Google en determinados lugares del planeta. Por eso resulta incluso enternecedor ver como estos días nos hemos autoconvencido que ahora sí nuestros datos están protegidos. Y mientras tanto la libertad de expresión está amenazada y condenada en casos de un escándalo mayúsculo.

Me siento muy interpelada por aquellos que dicen que hasta que no se derrumbe todo el sistema no podremos volver a empezar. Por talante personal me agarro al hierro ardiendo del convencimiento de que todo el mundo hace lo que hace pensando que es lo mejor. Es arriesgado e ingenuo, lo sé, pero me cuesta aceptar la maldad per se. No pasa nada que cada uno defienda sus posturas en un cierto juego democrático, incluso de partidos, siempre y cuando no se falsee la realidad intencionadamente para favorecer más los intereses propios que los comunes.

En medio de este panorama hay un castigo que me hiere cada día que pasa, el castigo de la incomunicación que sufren los líderes de las entidades sociales encarcelados, los 'consellers' del Govern y la presidenta del Parlament. Y más incomprensible en tanto que la búsqueda de un acuerdo es la base de la política. Añadido al ya cuestionadísimo castigo de la prisión provisional en el mundo del derecho (y más en causas de orden político) está el castigo de la incomunicación: encarcelados deliberadamente a kilómetros de distancia de sus familias, con un minutaje ridículo en las llamadas telefónicas y con la amarga restricción en las visitas. A mí me han llegado a devolver un paquete destinado a una persona encarcelada con un sello que decía "Ausente". ¿Adónde hemos llegado? Y, sobre todo, ¿cómo podríamos salir?

El castigo de la incomunicación es del todo inútil, y por ello se hace aún más cruel. No pretende la reparación, no rehace nada, no construye nada. No se puede pedir empatía desde el resentimiento, porque la empatía es sobre todo un tono, ni amplificar públicamente el rencor, ni poner trabas a la comunicación mientras se reclama diálogo. Bajemos todos el volumen, porque no siempre los silencios son cómplices, pero no nos neguemos la palabra, lo que nos hace únicos en nuestra humanidad. "Viure és provar-ho infinites vegades" (Màrius Sampere).

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