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Al contrataque

El 'president' debe actuar para lo bueno y para lo malo como un político y no como un escritor con más o menos gracia

El 'president' Torra parece aprender aunque sea a trompicones. Entendió por fin que corría un grave riesgo demorando de forma indefinida la formación de un Gobierno en condiciones de tomar posesión. Debió darse cuenta de que la moción de censura contra Rajoy había desplazado hacia la irrelevancia sus protestas contra la rigidez del poder del Estado en el tema de Catalunya. Lo que él decía, devaluado, ya no salía en las portadas de los medios de comunicación porque no conmocionaba a nadie salvo a su entorno.

Es probable que Torra también se percatase de que tras tantos meses sin Govern la gente de Catalunya se estaba acostumbrando peligrosamente a no tenerlo. La vida seguía exactamente igual para bien y para mal. Que sus apariciones públicas despertaban más curiosidad que respeto generalizado (fue él mismo quien introdujo en el subconsciente de los ciudadanos la idea de que es un suplente, un interino, un dependiente de Puigdemont, un 'seudopresident'). En otro plano, el instinto debió advertirle de que la gente más influyente del país cada vez mira con menos disimulo hacia la prisión que encierra a Oriol Junqueras con cierta esperanza de que acabe siendo el mal menor para una situación nefasta. Y entre ella figuran muchas personas que ni siquiera son de la cuerda de ERC.

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Por eso Torra ha hecho su primer gesto que en vez de ser politiquería es política de verdad y nombró 'consellers' indiscutibles. Cuando antes escribía que parece aprender me refería a que esta vez tuvo cuidado con la paridad de sexos. La rectificación confirma que sabe que su decisión inicial era un error elemental, una verdadera dejadez de novato apresurado. Ahora lo reconoce por la vía de los hechos, como tampoco le ha supuesto un obstáculo insalvable ceder ante ese dúo declinante que forman Rajoy y Llarena y dejar fuera del Govern a los encarcelados y a quienes están en el extranjero. El tremendo 'qué dirán', decisivo para el hundimiento de Puigdemont en su día de la verdad, a él le ha importado poco, como corresponde.

Que nadie se equivoque: no sabemos si Torra aprende o si solo maniobra para no estrellarse. Veremos qué va pasando. Veremos si poco a poco va hablando más de valores republicanos --algo perfectamente válido-- que de la república inexistente. Veremos si cuando alude a los mandatos del pueblo de Catalunya se refiere a toda Catalunya o únicamente a la que vota como él. Veremos, en definitiva, si se instala en una actitud crítica respecto a la Constitución o la vulnera. Por sus antecedentes sabemos lo que piensa de los españoles pero desconocemos como intentará coexistir a partir de ahora con la España de más allá del Ebro y de la que está más acá. Porque ahora Torra debe actuar para lo bueno y para lo malo como un político y no como un escritor con más o menos gracia.

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