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Dos miradas

Rajoy y el dragón

Emma Riverola

En un país cansado hasta de sí mismo, sobran los cuentos, las amenazas y las burlas. Solo se precisa un dragón rotundamente real que nos permita salir de esta parálisis

“No necesito dragones”, espetó Rajoy a Sánchez. Previamente, ya había acusado al líder del PSOE de “denigrar la realidad española y magnificar hasta el delirio la corrupción” para presentarse como un San Jorge salvador.

Todos los pueblos han creado sus dragones. A veces, seres terribles de furia y fuego. A veces, guardianes protectores. En 1982, Julio Cortázar emprendió un viaje con su compañera por la autopista que une París y Marsella, deteniéndose en 65 estaciones de servicio, a razón de dos por día. Él escribía, ella hacía fotos, ambos se amaban y ambos sabían que estaban al final de su vida. Viajaron en una Volkswagen roja que él denominaba dragón. “Hay un tanque de agua, un asiento que se convierte en cama, y al que he sumado la radio, la máquina de escribir, libros, vino tinto, latas de sopa y vasos de papel, pantalón de baño por si se da, una lámpara de butano y un calentador gracias al cual una lata de conservas se convierte en almuerzo o cena mientras se escucha Vivaldi o se escriben cartillas”.

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Sánchez no es ese San Jorge que Rajoy pretende ridiculizar. No es un héroe ni tiene talla para ser considerado así. Pero su moción de censura es como ese vehículo de Cortázar. En un país cansado hasta de sí mismo, sobran los cuentos, las amenazas y las burlas. Solo se precisa un dragón rotundamente real que nos permita salir de esta parálisis. Aunque sea para detenerse en cada estación de servicio a tomar aire.

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