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Björk, una artista poco de fiar, ya que viste más raro que la Virgen del Rocío.

SANTIAGO FELIPE

'Operación Odio Primavera'

Miqui Otero

Una sátira distópica sobre una posible vigilancia del festival barcelonés a la luz de los acontecimientos recientes

Llevaban semanas compartiendo links de Youtube, encadenados al ordenador con el cable de unos cascos de la Renfe por donde sonaban todos esos grupos desconocidos (alguno había comentado que había sido peor que cuando ponen música en Guantánamo). Cuando supieron que les tocaría ir, escrutaron el cartel y todos esos nombres les sonaban a kazajo. Mil nombres que parecían inventados y que, sin embargo, se empeñaron en escuchar a la búsqueda de algún verso que diera una pista, echando mano de Google Translator, de Wikipedia, de Allmusic.com. Después de ese curso acelerado, decidieron cultivar el 'look'. Compraron calcomanías de Pocoyo, de emojis, de triángulos y cornamenta de ciervos, que estamparon en antebrazos y pantorrillas a modo de tatuajes. También arramblaron con el armario de sus progenitores y visitaron tiendas de segunda mano, donde compraron ropa que combinaron con prendas básicas de grandes almacenes. Tan estricto era el programa de entrenamiento que les faltó tiempo hasta para afeitarse, así que pronto tuvieron la deseada barba. Muchos se preguntaban secretamente qué fondos se habían saqueado para poder pagar los abonos por ídem. Corría la leyenda de que los precios rondaban los 150 euros. Hoy, a unas horas del arranque, quedaba lo más difícil. Varios conciertos se solapaban, así que todos cruzaban con sus compañeros itinerarios posibles para peinar el recinto.

Hacían, en definitiva, lo mismo que el 90% de los asistentes al Primavera Sound. La diferencia es que ellos lo hacían obligados. Formaban parte de una operación de la policía judicial sin precedentes, quizás inspirada en el despliegue megalómano del FBI para capturar a Unabomber. Debían infiltrarse en el Fórum y ver los conciertos (a la derecha, mirando al escenario; sí, al lado de la mesa de sonido). Si alguien los descubría, la consigna era decir que venían de la SGAE. Recientemente se habían censurado versos de cantantes de todo pelaje, del rap al rock nacional, y la ocasión, con más de la mitad de público extranjero, era demasiado obvia para transmitir una imagen equivocada del país a través de canciones demasiado tóxicas.

A los jefes les preocupaban demasiadas cosas. Esa tal Björk, islandesa, que había emitido un vídeo dedicado a la independencia catalana: la había compuesto años antes a favor de la independencia de las islas Feroe, pero quién podía fiarse de una señora que vestía aún más extraño que la Virgen del Rocío. Boadella podía tomar cualquier escenario a lo Jimmy Jump y el 'president' podría cantar a la guitarra española 'Let it Be' o alguna de los Gossos en algún parterre. Jane Birkin podía ser tan subversiva como Gainsbourg, su pareja, que llegó a profanar 'La Marsellesa' convirtiéndola en un reggae. También les preocupaba aquel grupo, Belle & Sebastian, que había publicado años atrás un disco con portada amarilla. La gota que había colmado el vaso había sido la contratación de esa tal Amaia, que había llegado a posar con un libro en cuya portada se leía, sin mayores sutilezas, 'España de mierda'.

Todo debería ir bien con tantos efectivos sobre el terreno. Sobre todo porque uno de los jefes había tenido la genial idea de inventar una frase cifrada para reconocerse entre ellos: "¿Que si tengo o que si quiero?" Nada podía fallar.

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