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DOS MIRADAS

Son tan miméticas que es fácil confundirlas con horizontes bellos, pero ellas solo dejan un rastro de tierras irritadas

La mariposa quelonia es llamativa, atractiva. Y venenosa. Su cuerpo es una masa de jugo maloliente y repulsivo. Cuando es oruga se alimenta solo de ciertas plantas que le aprovisionan de ponzoña para el resto de su vida. Con ella, aleja a sus depredadores. Solo los muy inexpertos se atreven. Al primer intento sueltan a la presa, incapaces de soportar la intensidad del veneno y ese olor repugnante.

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Vivir entre quelonias no es fácil. Su colorido es engañoso y resulta fácil confundirse. Creer que lo que exhalan es tan admirable como el color de sus alas. Caer bajo el influjo de su presencia poderosa. Pensar que alguien tan seductor solo puede estar imbuido de la verdad. Que su aliento es la energía que nos hace ser mejores, que nos guía en el camino. Pero solo es el hálito de un jugo maloliente y tóxico que expelen para sobrevivir.

Hay quelonias de muchos tonos y formas. Eligen bien los escenarios de su vuelo. Son tan miméticas que es fácil confundirlas con horizontes bellos. Pero ellas solo dejan un rastro de tierras irritadas. Tan inflamadas que pueden acabar siendo estériles, contaminadas por esas mariposas que se alimentaron de plantas aborrecibles. Por sus características taxonómicas, las quelonias deberían ser mariposas nocturnas. Pero son diurnas. Y no se sabe muy bien por qué. Quizá somos nosotros lo que las atrae. Cada uno de nosotros. Convocando a la detestable mariposa venenosa de nuestros recelos.

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