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Análisis

El gobernador del Banco de España, Luis María Linde, durante el desayuno informativo de esta mañana.

ZIPI (EFE)

Nuevo gobernador

Guillem López Casasnovas

El nombramiento del nuevo reponsable del Banco de España debería basarse en el mérito y contar con el máximo apoyo parlamentario posible

Con el informe anual sobre la economía española 2017, el gobernador Luis María Linde pone fin a su mandato en el Banco de España. El dedo del ministro Román Escolano apunta a Pablo Hernández de Cos, hasta ahora director general del Servicio de Estudios. El hecho de que el partido del Gobierno esté hoy en crisis complicará el consenso deseable en favor de quién yo creo que es un muy buen candidato al relevo. Esta posible controversia de entrada es una mala señal. Hay una excesiva politización del nombramiento: o bien de los que quizás acaben perdiendo el Gobierno, pero podrían nombrar aún a uno de los suyos para el sillón del Banco; y de los que quieren entrar en el Ejecutivo, no se sabe bien con qué duración, pero que podrían así dejar a alguien que los trascienda. De aquí vienen provablemente las prisas para nombrar al nuevo gobernador.

Con una oferta pública y una comisión parlamentaria de nombramientos, esta politización se desvanecería y Pablo Hernández de Cos podría entrar por la puerta grande. Pero de nuevo no será así. He visto durante mis 12 años en el consejo de gobierno del Banco  tres gobernadores. Era tras una etapa de la que era paradigmático el mandato de Mariano Rubio, Luis Ángel Rojo, que era un gobernador tan competente y respetado que se situaba por encima del bien y del mal de los avatares políticos. Y el subgobernador que le acompañaba era un maquinista interno que controlaba la nave.

Yo entré en el consejo en época de Jaime Caruana, por aquello de una cuota catalana que nunca entendí lo suficiente, ya que uno de seis no era ninguna concesión si no que correspondía a Catalunya, como mínimo, por su peso de población. Fue un nombramiento político, de perfil bajo, pero que sabía del tema por lo que le había reportado ejercer algunos cargos en la Administración. Las coyunturas tampoco lo pusieron a prueba y se benefició de los "vientos de cola" que se dice ahora. Y su segundo de a bordo era de nuevo más gestor que político.

Se exacerbó la deriva con la elección de Miguel Ángel Fernandez Ordoñez (MAFO), un hombre claramente de partido y quién al final este estigma del nombramiento le pesó también como una losa, con independencia de su conocimiento o su aprendizaje de los temas. Siempre fue sospechoso de aquella designación partidista. Y ya se empezó con lo de la 'conllevancia': el gobernador que sea de un partido; y el 'sub', del otro. ¡Qué mala ocurrencia para una dirección en equipo! Las cosas se complicaron cuando en un par de ocasiones MAFO no aceptó el nombre del político popular que le tenía que acompañar. Puso la directa y así enconó aún más la apariencia de que el Banco estaba en manos partidistas. Y en la sustitución después de Linde vimos más de lo mismo, pero por otro bando.  No me gustaría que al nuevo gobernador le pasase lo mismo. Cabe destacar además que la duración de los mandatos no coincide con la de los cambios de Gobierno y menos aún de los ministros de Economía. Por ello las tensiones, vistas todas ellas con clave política, generan fácilmente efectos no deseados para la solidez de una institución, en particular en momentos de turbulencias financieras.

Mira por dónde, que aquí me tendré que sumar hoy a la propuesta de Ciudadanos de que los nombramientos deberían basarse en el mérito, con una comisión específica y lograr un apoyo parlamentario lo más amplio posible que creo que hoy Pablo Hernández superaría y lo alejaría de la sospecha del pecado original de cómo ha sido nombrado.