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Dos miradas

La supuesta neutralidad de plazas, calles, edificios y playas es una abstracción estéril, excepto si se trata de una formulación basada en el autoritarismo

Hablamos de espacio público, ahora que se enfrentan, en su ocupación, la legítima reivindicación amarilla y la irritación que la simbología del amarillo provoca en una parte de la población. Espacio público. Debe ser neutral, según Millo. También piensa lo mismo Ángel Ros. Y el alcalde de Terrassa, que considera, eso sí (¡faltaría más!), que nos podemos manifestar "en aquellos espacios que son personales o privados". Esta falacia es radicalmente antidemocrática. Lo explica Manuel Delgado en su trabajo 'El espacio público como ideología'. Como concepto político, "el espacio público significa esfera de coexistencia pacífica y armoniosa de todo lo que es heterogéneo" y, en consecuencia, la convivencia de voces enfrentadas. Lo certifican pensadores como Hanna Arendt ("donde la gente razona y debate en libertad") o Jürgen Habermas ("la comunicación entre desconocidos").

Es evidente que el espacio ideal -un ágora civilizada- no siempre es el real. Está claro que el descontento, la crítica, "siguen formando parte de lo que es público", dice Delgado, y precisamente por eso imaginarse o imponer la neutralidad es una entelequia conservadora y retrógrada. El espacio público es ideología, es confrontación, es vida. La supuesta neutralidad de plazas, calles, edificios y playas es una abstracción estéril, excepto si se trata de una formulación basada en el autoritarismo. No se trata de que sean un desierto amorfo sino de que no se conviertan en un campo de batalla.

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