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Dos miradas

Vivir en un armario no es digno y la dignidad es lo primero que deberíamos exigir a nuestros políticos

Vivir en un armario no es inocuo. Bueno, en algo más que un armario. Lo justo para que quepa una cama encajonada. Despertar, alargar una mano a un lado y tocar el ropero. Al otro lado, la pared. Y la mirada, con apenas dos metros de horizonte. Sin un espacio íntimo en el que puedas dar unos pasos. Sin un rincón amable donde descansar.

No, no es inocuo vivir (no dormir, vivir) en un lugar que no aparece en ningún catálogo, en ningún spot. Tampoco hay personajes de películas encajonados. O, quizá sí, el yonqui o el asesino o el marginal de turno. Pero resulta que tú no te sientes así. Incluso es probable que tengas trabajo, quizá tienes 30 años. O 50, y has tenido hijos y un piso con horizonte y, ahora, solo puedes pagar esos 500 euros que piden por un armario habitado en Barcelona.

Y no, no es inocuo. Porque ahí dentro acabas sintiendo que tienes muy poco que ver con aquello a lo que aspira nadie, con lo que se muestra - ¿cuántos armarios con inquilino hay en Instagram? -, con lo que te define, con lo que necesitas para respirar y pensar. Porque quizá te empiezas a sentir tan pequeño como esa mirada limitada. Sintiéndote más débil, más aislado. Y quizá te olvidas de luchar, nos olvidamos todos, y ya no recordamos que vivir en un armario no es digno y que la dignidad es lo primero que deberíamos exigir a nuestros políticos. Las ideologías no sirven de nada cuando topan con una pared a dos metros de distancia

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