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ANÁLISIS

No necesitábamos diálogos, teníamos rostros

Albert Guasch

Como las viejas glorias de Hollywood, a Cristiano Ronaldo le aguarda un duro pulso contra su vanidad

Aparece como una sombra fantasmagórica que se vislumbra tras la cortina. Como las viejas glorias del antiguo Hollywood, Cristiano Ronaldo sale a cuentagotas de su suntuosa mansión de Madeira. Cuando asoma por la ventana y descubre curiosos con cámaras tras la verja, apaga las luces. No quiere que nadie tome una imagen de su aspecto envejecido. Aún es idolatrado, conserva una mística, aunque ya no posee aquella imponente masa muscular que tan ufano exhibía en sus días de vino y rosas. Hace mucho de eso. Ni siquiera es capaz de proferir aquellos jactanciosos gritos guturales. Se le rompería la garganta.

Cristiano vive de los dulces recuerdos. Se pasa los días sentado con la manta en el regazo, acariciando a su perro Labrador mientras se recrea con sus goles. Los mira en bucle en la penumbra. La videoteca es amplia. Qué bueno era. Fui el mejor, se dice. Y se sonríe, permitiendo en su soledad que se le acentúen los surcos de su rostro. Ya no tiene tantos espejos en casa para amargarle el día, de todos modos.

Responde de vez en cuando la llamada de un programa de radio o de tele de periodistas de su confianza. Le preguntan por Portugal, que nunca volvió a ganar una Eurocopa. "Esta selección no tiene el gen ganador de la mía, le falta un líder", dice. O por el último chaval que despunta y al que llaman el nuevo Cristiano. "Siempre lo mismo, cada dos por tres decís que sale un nuevo Cristiano Ronaldo; no se les puede poner esa presión", dice razonablemente.

La CR7 Champions

Últimamente le interrogan por un fenómeno, también de Madeira, que lidera el Manchester United. Suma ya varias Premier y un par de Champions. En la última, ganada el día anterior al Madrid, realizó una exhibición portentosa. "Algunos insinúan que es incluso mejor que ti", pregunta con sarcasmo cómplice el famoso reportero de Madrid que más acceso tiene al exfutbolista. "Aún es la CR7 Champions; cuando gane cinco como yo, hablamos", responde. Y el reportero ríe fuerte, como si cacareara.  

Como la última víctima del nuevo fenómeno fue el Madrid, el periodista aprovecha para preguntarle por su antiguo club. Cómo lo ve, qué le parece el entrenador, si mantiene algún vínculo con algunos de sus excompañeros… No se fue de la mejor manera. Su vanidad hartó a todos. Así se cuenta en la wikipedia balompédica, que recuerda abundantes declaraciones surgidas de su inmenso ego. Como aquellas que arruinaron la fiesta de la decimotercera Champions.

Todo el protagonismo que le faltó en el campo de Kiev lo recuperó fuera de él. Sudoroso, con las pulsaciones aún en alto, con todos sus compañeros felices, y los aficionados todavía abrazándose en los bares, le dio por vomitar unos grumos gordos de egolatría que mancharon la celebración. Nadie se lo explicaba. ¿A qué venía aquello? ¿Aquel era el mejor momento para aventar sus pleitos con la entidad? Quería más dinero, aunque los jugadores prefieren decir siempre que quieren más respeto. En fútbol son sinónimos. 

Caja de resonancia

Cristiano buscaba tanto respeto como Messi, como Neymar, como Iniesta… Las estrellas del momento mejor remuneradas. Cristiano sumaba por entonces 33 años, mala edad para echar pulsos, y un sueldo imponente difícilmente asumible por otros clubs. Pero deportivamente lo tenía todo ganado. Y la Hacienda española le mordía el cogote. Así que optó por la potente caja de resonancia de una final de la Champions para amplificar su reclamación.

Se antepuso al equipo y su amargura descolorió los confetis. Al presidente, al entrenador, a los jugadores, le preguntaron tanto o más por lo de Cristiano que por la decimotercera. “Ya sabemos cómo es Cris, le gusta dejarse querer”, desdeñó el capitán Sergio Ramos.

Muchos aficionados le perdonaron; otros exigieron su adiós. El paso del tiempo jugó claramente a su favor. Prevaleció lo bueno. Lo mucho que ganó. Cuatro Champions en cinco años. Ahí quedó eso, se dice mientras acaricia a su labrador de raza.

Epílogo. Como el personaje de Gloria Swanson en ‘El crepúsculo de los dioses’, la actriz del cine mudo incapaz de aceptar que sus días de gloria ya pasaron, Ronaldo ansía reivindicarse constantemente. “No necesitábamos diálogos, teníamos rostros”, presumía ese personaje de Billy Wilder. El portugués aún vive instalado en el éxito, pero tarde o temprano tendrá que aceptar que ya no puede cobrar como los mejores. A no ser que Qatar enloquezca. O seduzca al dueño de Rakuten. Un duro duelo contra su vanidad le aguarda. 

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