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ANÁLISIS

Las lágrimas de Salah

Jordi Puntí

La acción de Sergio Ramos fue menos inocente de lo que pareció en directo y cambió el signo del partido

Mientras espero que pasen los minutos hasta que empiece la final de Kiev, pienso que en el fútbol no hay ningún espectador neutral. No puede haberlo. Siempre habrá algún detalle que te haga optar por uno de los dos equipos. Les ocurre obviamente a los aficionados del Atlético de Madrid y Everton, rivales de los finalistas en las ciudades de Madrid y Liverpool.

Nos ocurre a los barcelonistas, por razones históricas, y para valorar mejor el doblete de esta temporada. Pero es que la trama de filias y fobias en el futbol es infinita, y entonces uno se imagina que los derrotados por el Real Madrid --Bayern, Juventus, PSG-- preferirán la victoria de los reds, mientras que los vencidos por el Liverpool --Manchester City, Roma, Porto-- apoyarán a los blancos.

Nadie es neutral. Ni siquiera ante un Andorra-Suiza, que es probablemente el derbi de la máxima neutralidad, es imposible mantenerse equidistante. Al final siempre acabas escogiendo. Puede ser gracias a la proverbial simpatía por los perdedores, que comentaba Norman Mailer hablando del boxeo. Puede ser por el arte que contiene un regate, un pase, una parada, y entonces quien mira el partido sin pasión abre los ojos y elige.

Ayer, por ejemplo, es probable que millones de espectadores de todo el mundo animaran con más fuerza al Liverpool tras ver las lágrimas conmovedoras de Mohamed Salah. La acción de Sergio Ramos fue menos inocente de lo que parecía en directo --ese brazo que arrastra al del rival en al caída-- y en cualquier caso eso lo sabrá el propio jugador en su consciencia, pero fortuita o no, cambió el signo del partido en la primera parte.

Uno se imagina que hasta entonces, hasta el minuto 27, la frescura en ataque del Liverpool y esa alegría impertinente ya había convencido a los más dudosos, y ni siquiera las lágrimas de Carvajal poco después --menos decisivas-- hicieron dudar a los más sentimentales. La realidad es que hasta ese momento, en juego y en lágrimas, era mejor el Liverpool.

Luego llegó la segunda parte y, cuando ya no quedaba nadie neutral, el Real Madrid consiguió llevarse la final de la misma forma que ha ido avanzando en esta Champions: suerte y genialidad, y luego más suerte. Un error de pardillo del portero Karius que Benzema elevó a gol, y una chilena inaudita de Bale. Luego ese otro error de Karius, por si quedaban dudas. Los dos delanteros más criticados del BernabéuBenzema y Bale, poniéndoselo difícil a Florentino.

La tercera Champions seguida, la número 13 en total--espero que nadie caiga en esa cursilada de decir 12 + 1-- viaja hacia Madrid y sella una racha y un palmarés legendarios, que dentro de varias décadas se recordarán por encima del juego, como mínimo del de esta final.  Nunca sabremos qué habría ocurrido sin las lágrimas de Salah, si el egipcio hubiera participado todo el partido. No hay duda, sin embargo, que triunfó un equipo crepuscular por encima de otro más emocional y emergente, y al fin y al cabo --siendo lo más neutral posible-- hay que decir que esa es una mala noticia para el fútbol.

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