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Dos miradas

Como hace 40 años, tenemos un 'president' que navega en solitario y una institución que se balancea bajo tutela

Vivimos días esperpénticos. Este es el resumen más amable, porque hay calificativos más duros. Hay un presidente de la Generalitat, investido con todos los requisitos de la ley (sobre todo el requisito imprescindible de los votos) y ratificado en su cargo por la máxima autoridad española. Es decir: todo en orden. No ha cometido ningún delito ni es prófugo de nada ni está inhabilitado para ningún cargo. Es la máxima autoridad de Catalunya. Y resulta que esta persona, que representa a una institución secular, incardinada en un Estado autonómico, y que, en función de esta responsabilidad, también participa del entramado del Estado, porque la Generalitat es Estado, no puede acceder a la sala de autoridades del aeropuerto de El Prat porque que el delegado del Gobierno, con menos rango que él, así lo decide.

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Es una anécdota, si quieren, estoy de acuerdo, pero refleja justamente la situación esperpéntica que vivimos. El Ejecutivo catalán no puede tomar posesión porque el Gobierno español hace un uso espurio de la aplicación del artículo 155, una extralimitación preventiva que no tiene ninguna justificación. Si realmente piensan que se debe trabar el proceso del nuevo Govern, ¿no hay medidas judiciales a posteriori, en función de las irregularidades que consideran que se pueden dar? Tenemos un presidente que navega en solitario y una institución que se balancea bajo tutela. Como hace 40 años, un mes de octubre. Bueno, en realidad peor, mucho peor.

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