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La hoguera

La mancha humana crece sin Roth

Juan Soto Ivars

Ha muerto el escritor descomunal que se anticipó certeramente a lo peor que iban a traernos las redes sociales

Ha muerto Philip Roth, el escritor descomunal que se anticipó más rápido y certeramente, con permiso de Milan Kundera, a lo peor que iban a traernos las redes sociales. Me estoy refiriendo a ese humo negro, al fango pegajoso que se adhiere a un inocente hasta destruirlo y que los antiguos llamaron calumnia. Palabra, fíjense ustedes, que prácticamente ha desaparecido del mapa en este tiempo de acusaciones públicas, de linchamientos en el ágora virtual, en este siglo en el que frecuentemente tengo más miedo de los buenos que de los malos. Lo hizo en La mancha humana, novela del año 2000 que hoy debería ser obligatoria en todos los colegios.

Escrita tras las primeras explosiones de la corrección política en las universidades de élite nortemericanas, Roth nos cuenta la historia de Coleman Silk, un profesor entrado en años, un hombre culto y afable que pregunta en clase si es que dos de sus estudiantes, amigos de la no asistencia, se han desvanecido como “humo negro”. La alusión es convertida en un ataque racista por uno de los estudiantes menos despiertos y desata un calvario sobre Coleman que lo arrastra hacia la destrucción.

Roth, como todos los grandes maestros de la literatura, tiene la facultad de convertir esta tragedia en un esperpento que se refleja en ese espejo deformante del Callejón del Gato en el que brillan la memoria, la política y la hipérbole. Sin embargo, con el paso de los años, los lectores de Roth y el propio artista hemos descubierto que las proporciones del esperpento de la corrección política excedían los márgenes del libro. Muchos Coleman Silk han marchado tras el hombre de ficción. La mancha humana se ha expandido fuera de las fronteras estadounidenses y ha empapado Europa, tierra que no hace tanto tiempo fue cínica hacia las emanaciones de ese nuevo calvinismo americano.

En fin. Ha muerto Roth, pero ha vivido el tiempo suficiente para disfrutar el parnaso de su merecida gloria literaria, y para descubrir algo más gratificante y al mismo tiempo más siniestro: que tenía razón.

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