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La israelí Netta celebra su triunfo en Eurovisión.

AP

El pop postsoviético

Ramón de España

Los antiguos países de la URSS se toman ridículamente en serio el festival de Eurovisión.

Gracias al festival de Eurovisión me entero cada año de que Israel está en Europa, aunque los mapas digan exactamente lo contrario. Israel ganó hace años el festival de marras con la cantante transexual Dana International y lo volvió a ganar hace unos días con Netta, muchacha rolliza y con coletas cuya canción, absolutamente imbécil, representaba a la perfección el espíritu de Eurovisión. A su baile del pato se sumó, entusiasmado, Benjamín Netanyahu, aunque en un momento un pelín inoportuno, pues su ejército se acababa de cargar a 60 palestinos molestos ante el traslado de la embajada estadounidense de Tel Aviv a Jerusalén, ¡otra idea brillante de The Donald! Como todos sabemos, los representantes españoles se quedaron en lo que el difunto José Luis Uribarri habría definido como un honrosísimo vigésimo tercer puesto (de un total de 26 países). Y, como cada año, brillaron con luz propia los grupos y cantantes de los países del este, países que, en mi opinión, son, junto al colectivo gay, quienes sustentan actualmente tan rancio y putrefacto festival. Festival que suelo seguir durante los anuncios de lo que esté viendo en esos momentos, pues siempre he sido partidario de mirar al horror a la cara.

Los antiguos países soviéticos se toman ridículamente en serio el festival de Eurovisión. Como el comunismo les impidió hacerse una idea cabal de la evolución del pop, de Elvis Beyoncé, han llegado a ese mundo gracias a una mezcla de improvisación y desfachatez. No saben muy bien a qué juegan, pero se lo pasan pipa. De ahí sus espantosas canciones, sus cantantes vestidos de manera grotesca, sus coreografías bochornosas y sus bienintencionados errores al sumarse a lo que creen que es la modernidad. Ahí radica su contribución fundamental a la charlotada. Seguro que hasta en Moldavia hay músicos más interesantes que los que envían a Eurovisión, pero de lo que se trata es de hacer el palurdo pop a lo grande y generar una comicidad tan involuntaria como digna de agradecer. Hay que evitar enviar al festival todo lo que recuerde a Plastic people of the universe -alumnos checos de The Velvet Underground muy del agrado de Vaclav Havel, que siempre fue un gran fan de Lou Reed-, el único grupo de la era soviética mínimamente conocido en Occidente: a Eurovisión se va a montar el número y a liarla parda.