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Geometría variable

Enfrentamientos por las cruces amarillas en la playa de Canet de Mar.

Catalunya sigue en el pantano

Joan Tapia

Se han evitado nuevas elecciones, pero incidentes como el de Canet hacen temer que las cosas estén peor

Hace pocos días, Catalunya dio un paso en la búsqueda de una nada fácil normalización al elegir el Parlament, justo antes de que acabar el plazo, un nuevo presidente de la Generalitat y evitar así unas nuevas elecciones.

Es algo poco discutible y sin embargo hoy -pocos días después- mucha gente no la suscribiría. ¿Por qué? Cierto que en una comunidad partida entre el 47% de secesionistas, que intentaron imponer su criterio violando el Estado de derecho, y un porcentaje similar de no separatistas, cada día más molestos como indica el éxito de Ciudadanos el pasado 21-D, el retorno a la normalidad no es fácil. Sobre todo si algunas élites políticas están más radicalizadas que muchos de sus electores. Pero la realidad es que, tras la elección de Quim Torra, los incidentes, hasta ahora poco relevantes, de enfrentamiento civil se han incrementado. Lo de la playa de Canet es preocupante.

La percepción de que estamos peor

Así se ha dado un paso adelante y la percepción es que estamos peor. Hay varias explicaciones. La primera es que dentro del independentismo han ganado los que creen que la mayoría obtenida el 21-D, pero solo -como antes- con el 47%, les faculta para proclamar que la legitimidad está en el fallido referéndum del 1-O y la DUI del 27-O. La segunda es que la personalidad del nuevo presidente no inspira confianza. Porque era un desconocido total que solo es presidente por la voluntad de Puigdemont. Es legal -tiene mayoría-, pero no es lógico creer que la división interna puede ser abordada por alguien sin autoridad moral. Máximo cuando han salido a la luz sus extraños escritos anteriores que demuestran que como mínimo no es un personaje integrador. Además, no ha aprovechado la formación del Govern -su primer acto relevante aparte del triste discurso de investidura- para hacer un Ejecutivo que no fuera una reivindicación de un pasado fracasado sino una apuesta de futuro.

Estamos así en la triste situación de no saber si hoy tendremos Govern, o un nuevo acto de rebelión, o ni ninguna de las dos cosas sino una situación más extraña e indefinida. Y algún separatista todavía cree que la solución es que hoy el PNV no vote los Presupuestos -cosa no descartable, pero poco probable-, que no les serviría de nada porque el PP y el PSOE (no digamos ya Cs) no pueden avalar que el 47% de catalanes liquide el Estado español.

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Lo único positivo es qué aunque ERC ha votado a Torra porque no puede o quiere romper la unidad secesionista, sus 'consellers' más representativos, desde Oriol Jonqueras a Dolors Bassa (en prisión) a Carles Mundó (en libertad provisional) o Meritxell Serret (en Bruselas) se han negado a seguir la estrategia provocativa (y estéril) del nuevo 'president'.

Torra se ha equivocado mucho. Pero los partidos estatales también deben tener en cuenta que cualquier Ejecutivo catalán -a no ser que hubiera un muy radical cambio de mayoría- no puede dejar de tener como una de sus prioridades la situación de los políticos catalanes -electos- que están huidos o en prisión provisional sin fianza. 

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