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Dos miradas

Altares amarillos

Emma Riverola

Los lazos reivindicativos son bienvenidos en el espacio público excepto cuando su presencia es invasiva y coarta la libertad del resto de ciudadanos.

La trifulca por unas cruces amarillas en una playa exige una reflexión conjunta sobre la gesticulación de la reivindicación. El uso del espacio público en la denuncia es una forma de libertad de expresión indiscutible. Otra cosa es su sacralidad. ¿Quién es nadie para convertir el espacio público en un templo intocable?

Altares improvisados

La multitudinaria manifestación de ‘Volem acollir’ en el 2017 acabó con una playa de la Barceloneta sembrada de chalecos salvavidas. El pasado marzo, en la playa de Vinaròs se clavaron 739 cruces en la arena. Una por cada una de las 739 mujeres asesinadas en España en la última década. En ambos casos, no se dejaron los objetos como elementos de culto ni se apostaron sus promotores para controlar que nadie desbaratara sus altares improvisados.

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Los lazos amarillos son indiscutibles en las áreas particulares de cada uno (su cuerpo, su balcón, su establecimiento, su producción cultural…) y son bien acogidos en el espacio público como medida de denuncia, excepto cuando su presencia es invasiva y coarta la libertad del resto de ciudadanos. La apropiación de unos metros de arena en un día festivo de playa y su intento de defender esa posición como si de un cementerio indio se tratara es un exceso místico. Nos lleva al terreno de la devoción y la profanación y, la verdad, no hacen falta más religiones. Ante estas situaciones, ni mártires ni salvadores, que sea la Administración que actúe por la convivencia de todos. 

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