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Dos miradas

Quizá los homenajes a Iniesta han sido tan largos porque él representa lo contrario de la carga rococó de estas reverencias idólatras

Hay mucha gente que considera que este largo adiós a Iniesta ha sido, sobre todo, largo. Y excesivo. Hemos tenido la sensación de vivirlo repetido mil y una veces: la última rueda de prensa, la última copa, la última Liga, el último desfile por las calles, la última entrevista, el último partido fuera, la última final, el último partido en casa. Y dale. Muchas veces, los adioses repentinos son mejores. Sin muchos fuegos artificiales y sin dilatar más el momento de la despedida: un adiós discreto y sin expectativas de retorno.

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En este largo adiós, sin embargo, se han juntado varias circunstancias que lo han hecho singular. Es como si el club se hubiera dado cuenta, de repente, que había que mantener (o casi instaurar, para ser exactos) una especie de panteón familiar. Y esto solo se puede hacer si coloreas los actos -patrocinados, inducidos o espontáneos- con unas elevadas dosis de emotividad que se generan tanto por la nostalgia de los días que han pasado como por la seguridad de las ausencias que vendrán. Quizá los homenajes a Iniesta han sido tan largos y dilatados porque él representa justamente lo contrario de la carga rococó que acompaña estas reverencias idólatras. Quizá han sido así porque Iniesta no es un deportista que base su carrera en el ego desmedido. ¿Hacían falta tantos oropeles para compensar (y recompensar) tanta modestia? Alguien ha pensado que sí. No quiero ni imaginar qué pirámide construiremos el día que se vaya Messi.

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