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Jordi Vázquez Abelló: "Voy a Sant Cugat corriendo, doy tres clases de spinning y vuelvo"

ALBERT BERTRAN

Jordi Vázquez Abelló: "Voy a Sant Cugat corriendo, doy tres clases de spinning y vuelvo"

Es liebre de maratones. Su corazón, que late a 30 pulsaciones, puede con lo que le echen

No tiene orejas largas, ni pelaje tupido. Pero es una liebre. Jordi Vázquez Abelló (El Prat de Llobregat, 1980) es el bravo que mantiene el ritmo alto en un maratón para que el favorito no se descuelge. Sus alumnos –se gana la vida como monitor de spinning en Sant Cugat y Barcelona– lo miran como si fuera Justin Bieber. "¡Este tío es dios!", señala uno al pasar por el café donde nos hemos citado. "¡Tiene una genética alucinante!", avisa otro. Si supieran su secreto, lo idolatrarían.

¿Siempre recibe tanto halago? Es el 'efecto tarima'. Una idealización. Seguramente, porque haces cosas que la gente no hace.

¿Como qué? Voy a trabajar a Sant Cugat corriendo desde Barcelona, doy tres clases de spinning y vuelvo corriendo. 

¿Cada día? Sí, sí. No siempre es placentero. El día de marzo que más nevó, hice vídeos corriendo muy bonitos, pero luego la nieve se convirtió en lluvia y me congelé. Al llegar a casa no podía abrir la puerta. Tenía las manos hinchadas como globos.

Tiene un Vo2 max. de 78 ml/kg/min, como el de Induráin. ¿Qué significa? El Vo2 max. es el porcentaje de oxígeno que aprovechan los músculos para moverse. Cuanto más alto, mayor es la capacidad para mantener el esfuerzo durante el ejercicio. Soy ultrafondista.

¿Eso quiere decir que...? Gané la última Trailwalker de 100 kilómetros. Llevo más de 20 carreras de 100 kilómetros. Y hago de liebre en la Marató de Barcelona desde el 2009. Siete veces 2 horas y 45, y dos veces 3 horas. También he hecho tres veces la media maratón, cuatro, la Cursa de DIR Sant Cugat, y otras tres, la DIR Diagonal. 

Elija una de la veintena. La primera. Yo estaba en el Club Triatló Prat y nos propusieron hacer de liebre en la Marató de Barcelona. Era un tiempo rápido –2 horas y 45 minutos– y acabé con otra liebre (pincharon dos). Delante no teníamos a casi nadie y detrás, tampoco.

¿Por qué ser liebre y no el tío que gana la carrera? Es una manera de disfrutar de la prueba, mantener la forma para competir en ultrafondos y ayudar a la gente a conseguir su marca. Pasas los geles y el agua, marcas la curva, intentas animar. Pero es un papel que no está pagado. La gente es muy exigente. 

¿Se meten con usted? Los hay que al llegar a la meta, te abrazan y te dan las gracias, y otros que te dicen de todo: "Esta liebre habla mucho". "Va demasiado rápido"... No comprenden que no eres una máquina.

Casi. ¿Por qué corre tanto? Siempre me gustó. De joven estaba en mil sitios a la vez –hoy me diagnosticarían TDH seguramente– y la manera de calmarme era haciendo deporte. Corría por la carretera de El Prat, la antigua playa de Cala Gogó... Entre 1985 y 1994 hice natación, paré un poco para estudiar y volví fuerte en el 2000. Primero corta distancia, luego triatlón, y más tarde ultraresistencia como ironman. Ahora se ha puesto de moda la ultraresistencia, por culpa de Kilian [Jornet], jaja, pero cuando yo empecé era otra cosa.

¿Qué cosa era? Hablabas de 'ironman' y creían que era algo de cómic. 'Corríamos', no hacíamos 'running'. Éramos una familia –siempre los mismos en las mismas carreras– y los precios no estaban inflados. Tampoco existía el 'finisher'.

No le gusta eso del 'finisher'. He visto peleas en una carrera y hacer trampas. Da igual cómo lleguen a la prueba, la idea es acabar. Hay gente que no está preparada pero, como al final es un negocio, todo vale.

Si hoy no corres, eres un pringado. La crisis obligó a la gente a replantear los fines de semana, y al final correr proporciona un cuerpo más atlético y las endorfinas dan felicidad. Es guay. El problema es que llega a ser una adicción. Yo, que soy entrenador personal de corredores, he visto a gente con lesiones que siguen pese a que les dices que frenen.

Bueno, a usted le llaman "Loco". Un año hice de liebre tres horas, acabé y seguí corriendo. He corrido vomitando y al acabar, ya pensaba en la siguiente. Pero me someto a controles. Tengo bradicardia de tercer grado por el deporte: 30-31 pulsaciones por minuto en descanso. Yo he abandonado carreras y estoy orgulloso de haberlo hecho.

¿Cómo aguanta cuando no aguanta? Al cerebro hay que engañarlo. En el kilómetro 60, pensar que quedan otros 60 en vez de 40. Así, no te das cuenta y ya has acabado.  

¿En su boca solo entran barritas de proteína? Soy de donuts y hamburguesas. Pasé una carrera de 100 kilómetros comiendo fuet. 

¿Escucha música cuando trota? No. En las clases de spinning ya trabajo con música.

¿No le gusta? Mucho. Sobre todo la clásica.

¡Clásica! Estudié piano con un profesor del conservatorio. No llegué al nivel de Chopin, pero sí de Schubert. He tenido un grupo de indie-pop llamado Uncertain Blue y ahora estoy en Tottiband. No podría vivir sin el deporte, pero no solo vivo por él. Están mi pareja, mi hija, el piano...

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