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La reapertura de un espacio emblemático

Que empiece la función

LEONARD BEARD

Que empiece la función

Eva Arderius

El mercado de Sant Antoni es una nueva oportunidad para reconducir el futuro de un barrio en peligro de extinción

Se notan los nervios del estreno. Todos miran hacia el protagonista del espectáculo. El precioso y renovado mercado de Sant Antoni. Es bonito por fuera, funcional y práctico por dentro. Hay un mensaje claro en la reforma que se ha hecho. Aquí se viene a comprar, no a pasear. Los que quieran ocio y hacer turismo que se queden fuera, en los alrededores donde no faltan, de hecho sobran, bares y restaurantes y donde se puede ver lo mejor de la lonja, su estructura. El mensaje está ahí, pero dudo que tenga suficiente fuerza para controlar el equilibrio entre vecinos y turistas.

Estos días, en Sant Antoni no se habla de otra cosa, se nota que hay cierta inquietud. Que algo importante está a punto de pasar. Corrillos en plena calle. Los vecinos se preguntan con escepticismo si se llegará a tiempo para la inauguración, si encontrarán los puestos de siempre y con los precios de siempre. Los controladores, los jubilados que no se han perdido ni un día de obras, se aseguran de que el ejército de operarios trabaje con precisión. Se debate sobre el tráfico que ha expulsado la 'superilla' (aquí rebautizada como 'supercruïlla') y sobre todo se habla de los efectos que el nuevo mercado puede tener en el precio de los pisos, si aumentará la presión turística y si favorecerá o pondrá en riesgo la supervivencia de los comercios más cercanos.

Patrimonio de Sant Antoni

Llega la hora de la verdad y no puedo evitar mirar hacia arriba, hacia los balcones. ¿Qué pasara con muchos de estos vecinos y qué pasara con las abuelas del barrio? Siempre he pensado que son patrimonio de Sant Antoni. Señoras que compran cantidades pequeñas, que van a la farmacia de siempre y les saludan por su nombre, que les ponen sillas en las tiendas para que esperen su turno sin cansarse. Ahora, en medio de tanta novedad, de aceras, estructuras y fachadas brillantes, veo las vecinas de siempre, arrastrando sus carritos de la compra, más desprotegidas que nunca y me pregunto si se cumplirán los peores y más pesimistas augurios: que con la reforma urbana también se acabe reformando el paisaje humano.

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Sant Antoni es una nueva oportunidad para reconducir el futuro de un barrio en peligro de extinción. Los que gobiernan tendrán que estar más alerta que nunca y aplicar de forma muy estricta las lecciones aprendidas a golpes en otros puntos de la ciudad, como la Boqueria o la Barceloneta. Mejor actuar ya que esperar que la situación se haya descontrolado y los más desprotegidos se vayan marchando en silencio y con la cabeza agachada, como ya pasa ahora. Estamos todos avisados, no habrá excusas. 

Ha costado llegar hasta aquí, pero se ha llegado. El proyecto ha sobrevivido a tres alcaldes, tres gobiernos, milagrosamente ha esquivado la confrontación política y ha conseguido un valioso y difícil consenso. Los vecinos y comerciantes que han aguantado y sobrevivido a casi nueve años de obras se merecen toda la suerte y los que se han tenido que marchar o bajar la persiana merecen que no se les olvide. Que estén bien presentes en la memoria de los que tendrán que gestionar un barrio que ahora es, peligrosamente, demasiado bonito.

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