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Dos miradas

Defender una España unida sin hablar con la mitad de Catalunya es dejar que el silencio cave más hondo las trincheras

Cuando acaben de hacer el gallito (esperemos que solo sea un cacareo) y unos dejen de agitar el espantajo de la vía unilateral y los otros cejen en la amenaza de un 155 inspirado en las siete plagas de Egipto, la izquierda española (desde la desteñida a la movediza) debería arremangarse de una vez. Encuestas en mano, la cosa pinta mal para ellos. Y los resultados andan con un podio entre naranja y azul, cuya mezcla es el marrón oscuro (sin comentarios).

Tenemos unos sueldos de pena, los pisos por las nubes y los jóvenes con las maletas hechas, pero el eje social no está ni se le espera en el debate político. Un desastre para la izquierda. El campo de las banderas nunca aplaude a la fraternidad de los pueblos. Iglesias y Sánchez hablan lo justo de Catalunya. Temiendo que, a cada comentario, un tropel de votantes se largue a Ciudadanos.

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Pero, perdido por perdido, ¿no sería el momento de hablar? Por cálculo partidista, pero sobre todo por responsabilidad política. Más allá de cenas privadas con periodistas y empresarios, hablar, hablar mucho y escuchar, con las más variadas entidades y colectivos, también independentistas, y dar a conocer la existencia de esas conversaciones. Sin secretismos. Porque el diálogo, si queremos que sea algo más que una palabra gastada, se tiene que demostrar. Defender una España unida sin hablar con la mitad de Catalunya es dejar que el silencio cave más hondo las trincheras. Eso, marrón oscuro.

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