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Análisis

No tardaremos mucho en ver si el TC se mantiene fiel a Rajoy o, como el Supremo, favorece a Rivera

Tal como van las cosas, aún resultará que el país de la Unión con menos sintonía entre políticos y jueces es España. Si a la decisión de los jueces belgas acaba por añadírsele, como parece, la de escoceses y alemanes, la situación de Llarena y el Supremo se verá más que comprometida. Les da lo mismo.

De la judicialización de la política a la politización de la justicia. Rajoy señaló un camino que se le está volviendo en contra. Cuando tomó la decisión de instar a la fiscalía para que persiguiera a los rebeldes catalanes, no esperaba que su máximo y hoy por hoy único rival político, Albert Rivera, le rapiñara el fruto de su victoria sobre el intento secesionista. A Rivera le interesa que el conflicto recupere la fase aguda y, en consecuencia, ocupe las primeras páginas de los medios de comunicación y la vida política. Le interesa porque favorece a sus aspiraciones. A Rajoy le conviene lo contrario, que se inicie una fase larvada del secesionismo y Rivera se quede sin uno de sus frentes de ataque. Si Rajoy pudiera apretar un botón y cambiar la voluntad de los jueces para dejar a los presos en libertad condicional, lo haría. Pero no está en su mano, y si no lo está es porque los jueces saben que le perjudican y benefician a Rivera. Hoy por hoy, el Supremo español es un actor político de primer orden.

Más poder en manos de los jueces

Menos al presidente Quim Torra, el poder agrada a todo el mundo. Ahora que unos jueces han adquirido más poder de lo que nunca podían llegar a soñar, es difícil que renuncien a él. El poder judicial, como todo poder, tiende a la independencia y a la ampliación de su radio. Si en España el ordenamiento constitucional establece la dependencia de la cúpula jurídica del poder político, es porque así lo decidieron los políticos, no los jueces. Han tardado muchos años, pero ahora que han encontrado un resquicio por donde escaparse, lo aprovechan. Resultado: quien recibe el sartenazo es quien puso el mango de la sartén en sus manos.

En Bélgica y los demás países mencionados, la independencia judicial es real y efectiva. En contrapartida, los jueces tienden a preservar su ámbito consolidado de poder administrando la justicia sin extralimitarse. Por eso se guardan de hacer chirriar los engranajes del poder político. Independencia sí, sintonía también. Si en vez de denegar con argumentos y quedar más o menos bien, los jueces belgas han optado por burlarse cruelmente de España es porque sintonizan con los demás poderes, en primer lugar con el más difuso y más temible que es el de la propia opinión pública.

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En cambio, en España, los jueces del Supremo ayudan a mover a la opinión pública en contra de Rajoy y a favor de las posiciones del halcón Rivera. El contraste entre la airada reacción del TS y el balón chutado fuera por el ministro Dastis ejemplifica la absoluta falta de sintonía.

Hasta ahora, el TS ha tomado las decisiones que convenían a Rajoy. La última, no cargarse el voto a distancia y permitir así la investidura de Torra. No tardaremos mucho en ver si se el TC se le mantiene fiel o también se le rebela.

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