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Bajo el influjo

Michael Jackson, durante un concierto en Sâo Paulo, en 1993.

REUTERS

La estrella Jackson

Care Santos

'Forever', el título del espectáculo sobre el músico es más bien un deseo: que siga existiendo aquello que nos hizo ser lo que somos

Nací en el año 1970. El año del perro del horóscopo chino. El año en que Glenda Jackson ganó el Oscar a mejor actriz protagonista. El año en que los Jackson 5 alcanzaron su cota máxima de popularidad. Tengo un amigo que cree en su particular versión del horóscopo. Dice que no son las estrellas del cielo, sino las de la tierra, las que rigen nuestro destino. Así pues, según él, yo estoy bajo el influjo de Glenda Jackson y de los Jackson 5. Nunca ha dicho si le parece un buen o un mal influjo.

A pesar de que puedo tararear algunas canciones de los famosos hermanos Jackson, al único que de verdad recuerdo es al pequeño de la banda. No necesito teorías astrológicas descabelladas para saber que la música y la figura de Michael Jackson marcaron mi adolescencia. Aprendí a imitarle para las representaciones de fin de curso del colegio de monjas —donde una de mis compañeras soñaba con casarse con él— y, por supuesto, 'Thriller' (la canción y el vídeo) fue uno de los hitos de mi vida. Hay personas que con su muerte se llevan un pedazo de tu historia. Una de ellas, para la mayoría de los de mi generación, fue Michael Jackson.

Glenda Jackson tiene 79 años y ha pasado los últimos 25 dedicada a la política de su país, Inglaterra. Hace poco regresó a los escenarios de Broadway para interpretar a la madre de 'Tres mujeres altas', una obra que Edward Albee escribió pensando en su propia y difícil progenitora. Cuando la semana pasada se anunciaron los nominados a los premios Tony de este año, me alegró ver que Glenda Jackson estaba entre ellos. Es grato saber que una de tus estrellas rectoras sigue brillando con fuerza.

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Aunque Michael Jackson también lo hace, a su modo. Estos días, un musical titulado 'Forever' triunfa honrando -y explotando- la memoria del menor de los Jackson. El espectáculo se basa en el anhelo, tan arraigado en nosotros, de no dejar ir aquello que amamos. Su título es más bien un deseo: que siga existiendo aquello que nos hizo ser lo que somos. Y nosotros con ello, si puede ser.