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Dos miradas

Retrato de Carles Puigdemont en una manifestación por la libertad de los políticos presos

El gato de Berlín

Emma Riverola

Puigdemont quizá ha dado su gran paso en falso al elegir a Quim Torra y apostar por mantener el conflicto

Caer de pie. Si algo ha demostrado Puigdemont es tener la habilidad de caer de pie. Sobrevivir cuando se le daba por noqueado. Hacer un giro de guion en el último momento y mantener viva su voz. Un genio del escapismo y del cimbreo en el discurso. Seguir caminando se ha convertido en su destino, y eso ya es mucho. Especialmente si se compara con Junqueras, que se quedó a dar la cara. Mientras el presidente de ERC sigue en prisión, el líder de Junts per Catalunya se ha paseado por Europa bajo los focos de los medios. Su discurso es simple y ha calado, basado en la verdad incontestable de la infame inoperancia política de Rajoy y añadiendo al relato las dosis convenientes de apaño histórico, martirologio e intrepidez aventurera.  

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Pero siete vidas tiene el gato y no todos los tejados son insalvables. La presidencia de Quim Torra es una elección absolutamente personal de Puigdemont, como así lo ha dejado claro él mismo desde el principio. Es su hombre, su eventual sustituto, su voz en Catalunya. Los motivos de la elección son inescrutables, pero es evidente que su perfil parece destinado a disparar la temperatura del conflicto con España (ya ni siquiera con el Estado). Un perfil inaceptable para Europa. Al menos, para la Europa que aborrece los nacionalismos excluyentes. Por mucho maquillaje que se le aplique, Torra no es el rostro de la revolución de las sonrisas. Y Puigdemont quizá ha dado su gran paso en falso.

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