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Dos miradas

No se ampliará la base del independentismo expulsando emocionalmente de Catalunya a quienes no lo son

Te escribo en privado. Esta frase se está convirtiendo en una constante. Más bien, en una revelación. Te escribo en privado porque no me atrevo a decir en público lo que pienso. Porque me tacharán de facha, porque dirán que estoy a favor de que los políticos estén en la cárcel (y no es cierto), que defiendo a Rajoy y la corrupción (cómo si aquí estuviéramos impolutos), la involución de las libertades emprendida por el gobierno del PP (que me revuelve el estómago), porque no defiendo la democracia (mientras siento cómo aquí se deshilacha)…

Siempre hay una afrenta peor de España para hacer responsable a los discrepantes. Y, al fin, la gran crítica: no amar a Catalunya. Pero, ¿qué es Catalunya si no son sus ciudadanos? La sensación de ser menos, de estar en tierra de nadie. Expuestos a los zarpazos de todas las intolerancias. De todas. También de las que tratan de envolverte en otras banderas, en otros insultos. Así se sienten muchos catalanes. Y son quienes se declaran independentistas los que, realmente, pueden frenarlo. Los que de verdad creen en la democracia y el respeto, que son muchos, sin duda la mayoría, deben ser los primeros en detener este aire cargado de exclusión que nos envuelve.

No se ampliará la base del independentismo expulsando emocionalmente de Catalunya a quienes no lo son. Solo se levantará una fortaleza. Pero sus habitantes tampoco serán iguales. Entonces comprobarán que el monstruo está dentro.

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