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ANÁLISIS

Pleno de investidura del candidato a presidente de la Generalitat, Quim Torra.

RICARD CUGAT

En el nombre del 'president' Puigdemont

Argelia Queralt

Torra defiende la construcción de una república catalana independiente que es rechazada por más de la mitad de la sociedad catalana

Escucho el discurso de investidura de Torra y me estremezco porque veo que no hemos aprendido nada de nada en los últimos meses. El presidenciable continúa hablando de un mandato popular que no se produjo porque el 1 de octubre no se celebró ningún referéndum, mucho menos una votación con unas condiciones necesarias para vincular a ninguna autoridad pública. Insistiendo en la represión del Estado, en la existencia de presos políticos y de exiliados, con el proyecto de establecer la república. Y me pregunto: ¿qué ha pasado con todas las declaraciones de los miembros del anterior Govern de la Generalitat y responsables de sus instituciones que han insistido en que no se dan las condiciones para llevar adelante este proyecto ahora mismo? Y todo porque quien continua marcando la agenda catalana es Puigdemont, ahora desde Berlín. Un discurso que continúa insistiendo en un único pueblo catalán que no existe, o al menos no existe tal y como lo dibuja el presidenciable. De vidas robadas, de crisis humanitaria. De un proceso constituyente de la república para la nación catalana. La verdad, no tengo palabras para expresar el absoluto rechazo que me genera un discurso demagógico, excluyente e irreal.

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Empiezo a pensar que quien ha vivido en una especie de Ítaca era yo. Creía que vivía en una Catalunya de acogida, plural y diversa. En un país que, a pesar de las malas artes del Gobierno y de las extralimitaciones del magistrado Llarena podría escoger un ‘president’ que entendiera que vivimos en una Catalunya dividida, donde más de la mitad de su población se siente profundamente ofendida por discursos como el de Quim Torra; una presidencia que pudiera crear puentes efectivos, que emprendiera el camino para el restablecimiento de la convivencia. Y no, Quim Torra no lo ha hecho: defiende la construcción de una república catalana independiente que, además de no tener cabida hoy en nuestro marco legal de convivencia, es rechazada por más de la mitad de la sociedad catalana. Continuamos, en cambio, con una noción de pueblo único y auténtico catalán.

Puigdemont se ha hecho el amo y señor de nuestras instituciones, de las instituciones de más de siete millones de catalanes y catalanas. Y los partidos independentistas se lo han permitido. E insisto, no me sirve que los “españoles de Madrid” son todos muy malos y nos reprimen, porque yo no me siento ni subordinada ni dominada, quizá porque no me quiero colocar en situación de víctima una vez más. Tenemos un Gobierno del Estado que ha hecho mucho daño, y no solo en el terreno nacional, pero también tenemos a unos líderes independentistas que, a pesar de algunos discursos, no han sido lo suficiente valientes para acabar con las ínfulas de líder supremo de Puigdemont y restablecer un proyecto de convivencia integradora para Catalunya. Más que un Govern efectivo que pueda resetear la política e instituciones catalanas, parece que se opta por continuar dando cuerda al victimismo nacionalista catalán de unos y la exaltación españolista más casposa de los otros. De momento, la noria continúa girando, quizá también la del 155.