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ANÁLISIS

Quim Torra, durante el pleno de investidura en el Parlament

RICARD CUGAT

El candidato Quim Torra

Enric Marín

La lista de improperios, descalificaciones e insultos con los que buena parte de los medios españoles y los políticos han recibido el candidato Quim Torra ha sido aterradora. La caricatura la podríamos resumir en la combinación reiterada de cuatro conceptos: talibán, xenófobo, supremacista y títere. ¡No se cortan un pelo! Como reza el dicho, 'piensa el ladrón que todos son de su condición'. Unos tuits francamente desafortunados de hace unos años han facilitado el trabajo a la fanatizada jauría político-mediática del nacionalismo español más intolerante. Cierto. Pero al lado de este encarnizamiento sectario, los irreflexivos tuits de Quim Torra parecen más inocentes que unas convivencias de fe matrimonial en una parroquia de barrio.

Si hacemos abstracción de la caricatura deshumanizadora, la personalidad de Quim Torra que podemos identificar es mucho más poliédrica e interesante. Para entenderlo no es preciso hacer un repaso exhaustivo de su trayectoria. Basta con recuperar la entrevista que concedió al periodista Ferran Casas el pasado 12 de marzo. Destaco dos fragmentos de sus afirmaciones. Primero: "el debate de la unilateralidad no me parece el más pertinente ahora…". Y, segundo: "a nosotros ahora nos pasa que nos pesa como una losa no haber superado el 47,5% de los votos. Es un objetivo clarísimo ampliar esta base. Pero a pesar de que estamos en unas condiciones de estrechez, pienso que, si somos capaces de sacar lo mejor, podemos convertir las debilidades en fortalezas. Tener gente en el exilio parece una debilidad, pero vemos que cada movimiento que hacen internacionaliza el proceso. Y aquí tenemos que ampliar la base con un proceso constituyente de verdad…".

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El discurso de investidura pronunciado este sábado por el candidato Torra está en las antípodas de la lamentable parodia construida por el unionismo más militante. Muestra el perfil de una persona culta y dialogante perfectamente consciente de la complejidad del momento. Un detalle semántico relevante: se habla más de republicanismo y de valores republicanos que de independencia. No por olvido de los objetivos soberanistas. Al contrario. Más bien por considerar que el ideal republicano ya es la única concepción real del soberanismo catalán. De hecho, el contenido y la arquitectura del discurso incorpora todas las sensibilidades del actual republicanismo catalán. Desde Esquerra a los Comunes, y del PDECat a la CUP. Otra cosa será la recepción que encuentre en las fuerzas políticas republicanas. El apoyo de Junts per Catalunya y Esquerra está garantizado. El rechazo educado de los Comunes, también. Pero en el último momento se ha abierto el interrogante de la posición definitiva de la CUP, que podría pasar de la abstención al voto negativo. Un hipotético voto negativo de la CUP agotaría el ya estrecho margen para hacer posible la formación de un gobierno, así como el levantamiento del 155. Se abriría el escenario de nuevas elecciones. Si se llegara a confirmar este escenario, apurar al límite los plazos para la formación de un Govern efectivo habrá sido una imprudencia temeraria, incomprensible. Un disparo al pie.

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