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Dos miradas

Es burda y torpe, y con mala fe, la campaña contra la escuela catalana, porque se convierte en delito lo que debería ser obligación

Como dice mi compañera Emma, ​​habría "la opción de considerar la escuela como una suerte de granja de pollos, aislada de la sociedad". Un lugar donde se enseñara a leer y a escribir, a sumar y restar, a conocer la aldea y el universo, sin más objetivo que acumular conocimiento. Como si se tratara, ciertamente, de unos pollos obsesionados en su única función: engordar. Pero como añade ella misma, las aulas deben acoger el debate, no quedarse al margen. Además, "los muros de la fortaleza" son porosos, la escuela no es una burbuja ajena a la realidad, sino que forma parte de ella como pieza fundamental del engranaje. Enseña cómo funciona y enseña por qué funciona de esta manera: desde las reglas de tres a los relatos de Mercè Rodoreda.

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Por ello es burda y torpe, y con mala fe, la campaña contra la escuela catalana. Porque se convierte en delito lo que debería ser obligación. Y porque, encima, esta fijación en el ataque recibe el apoyo del Estado con toda la exuberancia mediática de que es capaz. No me extraña, como ha dicho el Síndic de Greuges, que haya miedo entre el profesorado. Entre otras cosas, porque no tiene apoyo institucional y porque se ve indefenso ante el falseamiento y la falacia, ante el invento del odio y el adoctrinamiento. Solo con la coraza de la extrema dignidad, de la alta responsabilidad moral que, día a día, procura evitar que los alumnos se piensen como pollos.

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