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Jaque. Donald Trump mueve ficha en Oriente Próximo retrocediendo en la desnuclearización de la región. Años de trabajo diplomático intenso y multilateral, echados a la papelera de la Casa Blanca. Lo que muchos se preguntan estos días son las verdaderas razones de Trump para tomar esta decisión que parece no importar mucho a la opinión pública norteamericana y que, en cambio, sí lo hace a la población iraní.

Antes de ser investido presidente, Trump apenas conocía el acuerdo y no era un tema habitual en sus discursos. Oriente Próximo era igual a negocio para el multimillonario, sin distinción ideológica ni límites éticos. Dictaduras o democracias, regímenes islámicos o gobierno sionista, no importaba. Trump era un exitoso hombre de negocios que se entendía con otros hombres de negocios. Su llegada a la Casa Blanca le puso en un rol desconocido hasta entonces, el de gobernante de la cosa pública. De lo que da beneficio y de lo que no lo da. De aquellos que se le asemejan y de los que nunca han comido con cubiertos.

Ser presidente, aunque el señor Trump parezca creerlo, no es dirigir una empresa. Es gestionar muchos factores que no son necesariamente materiales. Mantener un equilibrio entre lo necesario y lo deseable, el bien común y la protección individual, el interés del país propio, y el respeto y estabilidad del ajeno. Aquí Trump no controla el tablero. Sus jugadas son torpes, atropelladas y llenas de soberbia. Sus asesores le recomendaban no romper el acuerdo con Irán, el de la Cumbre de París (acuerdo ambiental) y no trasladar la embajada estadounidense a Jerusalén. Quizá el presidente oye, pero no escucha. Poco a poco se ha ido deshaciendo de los expertos que no seguían su línea y sólo queda James Mattis de ese equipo inicial en exteriores.

Los jugadores cambian pero las reglas se mantienen

Ante los medios, Trump no ha demostrado conocer el acuerdo ni el por qué lo quiere cancelar. Poco importa que la Organización Internacional de la Energía Atómica (OIEA) haya confirmado que Irán está cumpliendo con el acuerdo. Tampoco los esfuerzos europeos pidiendo al presidente que siguiera en el acuerdo. Él prefiere aliarse con el rey saudí o el presidente egipcio (ambos carentes de legitimidad democrática) y apoyar sin fisuras a un Binyamin Netanyahu que alimenta las sospechas sobre Irán en contra de la información del Mossad. Trump ha escogido a sus aliados e Irán no está entre ellos.

Mate. La UE debe ahora sacar su arsenal político y revalorizar el acuerdo con Irán frente al resto de países. De forma crítica, por supuesto. Irán sigue teniendo un largo camino que recorrer para devolver a sus ciudadanos los derechos y libertades. Quizá la UE también debe aceptar que ahora mismo no es posible ni deseable una relación de amistad total con los EEUU de Trump y que hay otras regiones en el mundo con las que cultivar buenas relaciones. Sólo así el acuerdo con Irán no finalizará con una jugada unilateral y seguirá sobre el tablero.  Al final, la diplomacia es esto: los jugadores cambian pero las reglas se mantienen.

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