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intangibles

Actualizar(se), un presente sin fin

Carmina Crusafon

La versión digital del 'renovarse o morir' se aplica no únicamente a la tecnología sino a cualquier ámbito de la vida profesional y personal

La necesidad de estar actualizando aplicaciones y sistemas operativos de los distintos aparatos que más utilizamos (móvilordenador y televisor) introduce nuevas dinámicas en nuestras rutinas diarias. Hagamos un repaso de los diferentes ámbitos y de qué manera influye en nuestras actuaciones como consumidores o como ciudadanos. ¿Aquella máxima "actualizarse o morir" tiene aún sentido o vivimos en otro mundo?

Empecemos por el 'hardware'. Estos últimos días una publicidad de una conocida cadena de tiendas de electrónica llamaba la atención de sus clientes. Tenía como eslogan principal: “Renovarse o sufrir. Actualízate y deja de sufrir por la tecnología.” Estas afirmaciones nos pueden dar una idea de la importancia de la dimensión tecnológica en nuestra vida diaria. La necesidad de renovar nuestros aparatos se ha convertido en una actividad de lo más habitual y afecta a todo tipo de dispositivos (móviles, tabletas, portátiles y PC, fotografía, consolas, impresoras, etc.). El debate de la obsolescencia de la tecnología ya ha ocupado lugares destacados de la actualidad informativa. Pero éste no solo tiene un impacto directo en el gasto de los hogares, sino que también crea cierta desazón emocional en algunos grupos de edad, especialmente en aquellos que la digitalización les ha sobrevenido de forma más tardía.

Sigamos por el 'software'. Las constantes actualizaciones nos imprimen una sensación de un cambio permanente, de un presente que no quiere caducar y que hay que ir seguir el ritmo para no perder el tren de la modernidad. Las empresas tecnológicas nos imponen el ritmo para crear el efecto de que siempre están mejorando. Seguramente es así, pero muchas veces falta más información de porqué necesitamos la actualización y de qué manera mejora nuestra actividad. Los términos y manera de explicar los cambios tecnológicos están pensados para los más avezados y olvidan muchas veces que toda explicación debería tener carácter divulgativo para todos los públicos.

La rutina del cambio constante impone también nuevas dinámicas profesionales. Esto afecta directamente en una primera etapa a la forma de enseñar en la educación superior. Las habilidades y competencias para asegurar una capacidad de aprendizaje a lo largo de la vida toman mayor protagonismo en el currículum. Una vez ya en el mundo profesional, la capacidad de adaptación a los nuevos entornos se erige como unos de los valores más apreciados por las empresas.  

En esta vorágine de actualizaciones parece que a veces se olvida una premisa básica: la tecnología debería estar a nuestro servicio y no a la inversa. Esto debería estar bien presente a la hora de definir las políticas públicas y la regulación de las dinámicas tecnológicas. Es cierto que la tecnología va siempre por delante, pero no se debería perder nunca de vista que el interés general es el objetivo por conseguir. Quizás la pregunta clave con respecto a la tecnología es: ¿sabemos dónde poner los límites?

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