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Dos miradas

Que la realidad de la prisión de Junqueras y su exhortación a conformar ya un Gobierno efectivo no sea atendida, solo delata que el independentismo está atrapado en la tramoya que construyó para parecer invencible

El ‘procés’ bebió de muchas fuentes. Ideológicamente, del independentismo. Sociológicamente, de una crisis que amenazaba el Estado del bienestar y del descontento hacia una clase política que basculaba entre la mediocridad, la impotencia y la corrupción. El oportunismo político del PP y de Artur Mas hicieron el resto. Y, por supuesto, la propaganda.

La propaganda lo impregnó todo. No solo la comunicación, sino también las acciones políticas. El lenguaje se llenó de épica, cuando no de mística. Se promovió el sentido de pertenencia y de mayoría. Y se gobernó para y por la propaganda. Se crearon leyes que se sabían sin recorrido para exaltar la bondad propia y la maldad ajena y se dejó de trabajar por el presente. Solo existía un futurible más hueco de lo que admitían. Mientras, la maquinaria propagandista engullía todas las palabras bellas: libertad, democracia, república...

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Solo el temor a petar ese enorme globo de colores que es (o fue) el ‘procés’ explica el surrealismo del momento. Con una ERC y un PDECat cautivos de cada nueva ocurrencia de Puigdemont y unos políticos a remolque de una parte de la 'agit-prop' que aún se resiste a perder su cuota de poder. Que la realidad de la prisión de Junqueras y su exhortación a conformar ya un Gobierno efectivo no sea atendida, solo delata que el independentismo está atrapado en la tramoya que construyó para parecer invencible. Difícil avanzar sin librarse de tanta maquinaria inútil.

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